Author Archive for ruyfeben

04
Sep

cosa natural

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Hace poco más de una semana me aventé de una avioneta, a tres mil pies de altura. Afortunadamente, de la espalda traía colgada una chica. Ella llevaba otra cosa en su respectiva espalda y voilá: a la mitad del camino, la cosa de la chica se abrió hasta tomar dimensiones considerables y nos permitió a los dos, a ella y a mí, aterrizar sin contratiempos, tres kilómetros abajo, en un campo verdecito. Como siempre. En el ínter, la chica me venía platicando al oído, cosa que, seguramente, hubiese sido tremendamente sexy en otro momento. Pero justo ahí era imposible: acabábamos de recorrer kilómetro y medio a una velocidad promedio de doscientos kilómetros por hora. Y que me perdonen, pero yo nunca he visto un Volvo poniendo a Barry White en el estéreo, así nomás de compadres. La cosa es que me pareció de mal gusto decir algo como “oye, ¿te han dicho que eres un avión (goey)?”. De mal gusto y tirado al ridículo, sí señor: nadie avienta lugares comunes a esa altura. La última vez que alguien tuvo la ocurrencia, parece que los lugares comunes cayeron todos juntos y brotó de la calle la colonia del Valle. Habrase visto.

Bueno. La cosa es que caímos y, en efecto, el aterrizaje fue mucho más engorroso de lo esperado. Claro: un sentón y medio, un desajuste de cosas y una muchedumbre viéndome como si fuera yo a nacer de una madre retrasada. Sorpresa, colegas: no soy un cromosoma 23. Y claro: el ataque de adrenalina, que suele ser un fastidio, sobre todo cuando uno ha terminado de gritar y de correr y “aaaaah”, y “uuuuuooooo”, y “eeeeeh”, y brinca y abraza y declara, sin embarazo alguno, que ¡ah, la vida!, y que caer desde las alturas te hace entender de zopapo que ¡la vida, oh, la vida!, y luego, entre tanta corredera y tanto grito en monovocal y tanta poesía, uno se encuentra con que se ha quedado sin aire y sin rimas y sin vocales. Cmplcd prblm.

(Cs q n s tn mprtnt prq dcn ls q sbn q nms ncsts ls ltrs ntrmds. Y q s)

Así que yo no entiendo. La gente se prepara muchísimo para hacer algo tan natural como aventarse de un avión: que si la posición de arco (“tienes que poner los pies como si te estuvieras pateando el culo, ganapán”), que si pie-al-estribo, que si manitas al arnés. Y caminan al avión como marcha funesta. Como si aventarse de un avión no fuera la cosa más natural del mundo. Como si Pepe Rojo no hubiese dicho hace años que, en ciertas situaciones, lo mejor que queda por hacer es tragar un cartucho de dinamita y encender con toda tranquilidad un cigarrillo. Como si saltar desde una avioneta no fuera la cosa más natural del mundo. ¿O qué? ¿No hemos aprendido nada de Superman, de Osama? Por dios: como si saltar de un avión no fuera la cosa más natural del mundo.

Para ser sinceros, mi mayor problema vino después del salto. Porque así como me ven de quitado-de-la-pena, me ha costado un trabajo tremendo recuperar mis vocales. Si les contara yo las penurias… entre otras cosas, he tenido que ponerme a trabajar mucho, muchísimo, escribiendo cosas que no me pertenecen. Y todos sabemos que rayar cuadernos ajenos es cosa harto deleznable. Y he tenido que mover mis cosas una y otra vez. La gente piensa que la cosa es la mudanza, pero no: yo iba por las vocales de reserva que había dejado en alguna caja, estoy seguro. En fin: penurias.

Hasta que descubrí que la mejor forma de recuperarlas era dando vueltas y vueltas en la silla del ordenador. Como si tal cosa; como si saltar de un avión (y perder las vocales, y olvidarte dónde demonios has dejado el tiempo que habías guardado para escribir) no fuera la cosa más natural del mundo. Así que tranquilos: esta ausencia se debió a un problema de jet-lag emocional. Con suerte, un día de éstos, haré girar mi silla con la velocidad suficiente como para viajar en el tiempo. Ese día, a terminarse unos cuantos meses después, prometo comenzar una novela policíaca.

13
Ago

trabahobbie

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Comencemos por el principio. Hay cinco nociones básicas que permiten el correcto funcionamiento de la Humanidad®. La primera: cada generación va a ser más estúpida y más huevona, pero más exigente y temeraria que la anterior. La segunda: los orientales son mejores que los occidentales para todo excepto para ejercer la burla y para procrear, razón por la cual el mundo se parte a la mitad en donde deciden los de este lado. La tercera: nunca jamás confíes en un rockstar o en un calvo. La cuarta: siempre tendremos a Bruce Willis. Y la quinta, y más importante de todas: la maquinaria del mundo tiene botones de vital relevancia que siempre serán apretados por gente con corbata.

Supongo que fue siguiendo esa lógica que mi madre se compró la ilusión de que llegaría el día en el que yo, con pelusa facial y tres granos reventados la noche anterior frente al espejo, le pediría que me enseñara a hacer el nudo de una corbata. Un Windsor, un doble Windsor. No lo sé: a la fecha, mi madre conserva una mirada que grita a los cuatro vientos que, a su parecer, la importancia de una corbata no está determinada por la cantidad de vueltas en su nudo, y tengo la certeza de que, con todo y su inquebrantable fe en que yo comenzara a combinar colores y a aprender de memoria mi talla de cuello, su única esperanza real era que yo le encontrara alguna diversión al uso indiscriminado (e inútil) de un trozo de tela colgado del gaznate.

Pésima idea. Ya bien entrado en la adolescencia entendí que la corbata no era cool: en realidad, era (y disculparán el lugar común) el yugo de la clase ejecutiva; descubrí que era la insignia necesaria para oprimir botones, sí, pero, sobre todo, la manera más fácil y cruda de gritar al mundo: “¡hey, a mí no me culpen! ¡yo no puse las reglas!”.

El día que me convertí en escritor de brocha gorda, mi madre vio alguna película de ésas en las que se fantasea con el reportero de sombrero y gabardina, perdido entre los grandes edificios de Chicago o New York. Supuso que yo sería de esos. Lo que ella no sabía, ni entonces ni hoy, es que yo no soy reportero ni periodista: soy escritor, que es bien distinto. Yo no pregunto y cuento; yo observo, desarmo, y hago un desbarajuste atemporal con las rebabas y los hilos sueltos. A veces, relleno con yeso. Pero jamás pregunto algo que me es obviamente ficcionable. Por aquellos días, yo era guionista, y se sabe que, entre los escritores que encuentran un trabajo para comer (que son los menos, pero también los más siniestros), el guionista es el de más bajo calibre. No sólo no aparece jamás en su obra, sino que apenas alcanza a firmarla en un crédito que dura menos de un segundo en pantalla. Y eso le hace menospreciar del todo cualquier sentido del pudor. Corbata incluida.

Así que mi madre se obsesionó con la idea. Un día me regaló una corbata roja; otro, me confesó que no entendía el motivo de mis desvelos: después de todo, yo sólo era escritor. Nunca entendió que, en realidad, las corbatas pican los botones, pero los que no usan corbata son quienes los conectan con la bomba. Algo así.

Todo este rollo es sólo para decir que mi trabajo me hace muy feliz. No usar corbata es el principio de todo lo demás: es no usar cajas en la cabeza ni tener que sujetarme a reglas inútiles, ni tener que hacerme idiota en tiempos de ocio. Es hacer de mi hobbie mi trabajo, y viceversa. Si no, vean nomás la oficina, el jardín, y mis (no tan) flamantes Converse, mis jeans rotos. ¿Qué dónde trabajo? Pues qué les digo: mejor dénse una vuelta.

06
Ago

home-sweet-home

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Luego de una semana de “mudanza” (que consistió en ocasionales caravanas de discos y libros, así como una prístina invasión de cascos de caguama a la cocina), mi madre tratando por todos los medios, legales y no, morales y no, de convencerme de que los 25 todavía son buena edad para vivir en casa de mamá, después de trazar rutas al trabajo y de idear los lugares idóneos y delimitar presupuestos, y de ubicar super y tiendita, y luego, pues, de todo lo que implica la Madurez® (misma que me empiné en una semana), ya estoy instalado en mi depa.

Vale contar la historia, para que no se sorprendan por la mesa de rattán ochenterísimo y por la mesita con ofrenda de flores. El depa pertenece a una familia muy feliz (cuyos apellidos verían dispuestos en el cuadro de la izquierda, con todo y escudo de armas, si la foto fuera más grande) que se fue a vivir por algún tiempo a otro lado. Nuestra misión, la de los inquilinos, es cuidar el lugar, con todo lo que eso implica: retener los servicios (cable y maid incluidos) y, de algún modo, devolver algo muy semejante a lo que ven. Me explico: devolver, al cabo de dos años, el símil exacto de The Brady Bunch región 4, remasterizada.

La cosa se complica, claro. Porque el rattán nomás no da. La cruz tampoco, no porque seamos ateos, sino porque descreemos del repujado en seco. Las flores en la mesa, la cerámica en la cocina, etcétera, gritan al mundo que ahí, hace poco, había un poco más de cordura. Por el momento me he ido a vivir a la casa de alguien más. Lo que es tanto como vivir en un hotel o en casa de un tío. Así que nos enfrentamos con sillones beiges (BEIGES! Ese horrible color sin nombre decente siquiera), mientras fantaseamos con un poco de color, algunos cuadros de Pollok o de Basquiat o de perdida unas fotos de Kudelka; mientras imaginamos las lámparas stylish y los cojines hindús, sí, nos tenemos que enfrentar con las historia de otra gente, lo cual tiene mucho de siniestro y tanto más de deprimente.

Pero de apoco se adapta uno. Primero, vaciar las chelas para que los cascos adornen los rincones oscuros de la cocina. Luego, arrojar a discreción uno, dos calcetines que den acento a la decoración de la sala. Finalmente, esparcir ceniceros por la casa. Encerrar a dos amigos por dos horas con dos botellas de Bacardí, y ya está: sin duda, pronto, esto se sentirá como Casa™. *sigh*

(Pronto: la foto con el deco un poco más elaborado y más nuestro. Por lo pronto, omitan los tonos de rosa que se ven por ahí.)

30
Jul

el juego

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Juro que no quiero caer en el lugar común de poner la rola de Bowie, hacerme el melancólico y pretxtualizar cualquier reunión y borrachera con el consabido “es que últimamente hay muchos cambios en mi vida”. Pero es cierto. Qué digo cierto: los cambios que mi vida ha experimentado en las últimas dos semanas (y en las dos por venir) son como un zape a deshoras.

No, no me espanto. No se trata de cambio de sexo, aunque sí. Me explico: no voy por la Jarocha®, ni corro a convertirme en Drag Queen, ni me empezaron a gustar los barbones. No. La cosa es que sí viene un cambio de sexo, porque, de tener un tristísimo promedio de ocupación mensual, ahora me enfrento con una variación definitiva que abre las puertas a una vida sexual plena, desenfrenada, envidiable. Me voy a vivir solo. Y eso, no me lo podrán negar, abre todas las puertas a las situaciones más sitcomeras ever. ¿Qué a la chica le da iki el motel? Ruy saca la llave de su depa y ya está. ¿Qué no hay a dónde llevar la fiesta? En casa hay botellas de Jack Daniel’s. ¿Qué la chica se va a sentir sucia? Bah: tenemos una, hasta dos regaderas. El sexo, prístino, correrá a invadir mis noches de soledad.

O no. Puede ser que otros cambios que también se han sucedido terminen por dar en el traste con todo. Porque, sí, depa nuevo, vida de soltero… con un consabido trabajo para sustentar esta nueva vida. Del nuevo trabajo puedo decir que está increíble; me gusta tanto, que no puedo pensar en otra cosa (que no sea la del párrafo anterior) que pudiera hacer con más gusto. Desde hace dos semanas soy Chilango (cuando-no-sigo-a-los-demás). Lo cual me consume harta energía y placer. Tanto, que no sé si me quede tiempo para ejercer el Placer™, if you know what I mean.

Por otra parte, soy ciego. Eso también implica un problema grave. Por que en dos semanas me opero. Adiós a las tristísimas dioptrías que han invadido mi vida. Adiós a la tiranía de las gafas. Pero, ¿qué pasa si, como Sansón, y a falta de cabello, se va con la pasta del armazón mi modjo, mi allure? No lo sé.

De ahí en fuera, nada. Nada que me estrese, pues. Por lo pronto, ya tengo el juego de llaves: sí, para mi nuevo depa; sí, también para mi nueva vida, para mis nuevos sexos o para mis nuevas imágenes inconclusas.

(No desesperen: próxima inauguración)

26
Jul

ruyfeben

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Quien es ruyfeben

Todos los días paso 4 horas en distintos caminos y uno de estos días me operaré los ojos. Por fin. Me cambio de casa este fin de semana y estoy estrenando trabajo. Lo que quiero decir es: justo ahora, mi vida es un caos. Y sólo por hoy, tienes el chance de verlo. No incluye palomitas.

Liga a su blog o bien, puedes visitar el album de ruyfeben

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