
La verdad, todos ustedes deberían invitarme unos buenos tragos hasta ver como me pongo borracho. Soy bien simpático y, ante todo, formal. Hablo todo por ningún lado, bailo y, lo mejor de todo, soy bien quietecito y no hago desmanes.
Para ilustrarlos, esta foto es del viernes pasado encontrándome ya en estado inconveniente. Supuestamente “andaba de antro”. La expresión por sí sola es sospechosa, pero en esas andaba en contra de mi voluntad (más que nada porque detesto ir a antros). Descontando ese hecho, la whiskiza se armó y no me quedó de otra más que actuar en consecuencia. La cosa se puso de tal modo que, señoras y señores, me puse un borracherón de aquellos que difícilmente se olvidan (o recuerdan, ¿quien sabe?).
Y como parte de una costumbre un tanto extraña, cuando llego a ese punto me tomo una foto en esos frecuentes ataques de risa que me dan (que aunque frecuentes, son limitados). Digamos que es como una colección personal de recuerdos etílicos que aunque no son muchos, son harto significativos. Acto seguido me vuelvo a poner todo serio, platico, medio bailo (por que sobrio no bailo ni a rayadas de madre) y disfruto la noche, la mayor parte en silencio, sólo observando y sonriendo.
¿Ven? Les convengo. Espero en los comments invitaciones. Me gusta el whisky, la cerveza y el vodka.

Siempre pasa. A todos lados a donde voy, el de las fotos soy yo. Paseos, fiestas, lo que sea. El mundo sabe que yo tomaré las fotos, que soy el de la cámara.
Antes (antes, antes) había quien me tomaba fotos a mi también. Era divertido. Me gustaban esos lados míos que yo no veo y que nunca me había conocido.
Pero eso ya no es. Acuérdense, soy “el de la cámara”. Y como tal, uno nunca está para salir en fotos, con el agravante de que cuando decido tomarme una, la verdad, salgo terrible. Ya no me encuentro el ángulo. No me gusto, pues. Tampoco me gustan las fotos grupales o las poses acartonadas. No sé.
Supongo que pido mucho para una simple foto.

Pues acude a la Farmacia de Dios. Siempre está de guardia y estoy seguro que tendrá algo para ti, siempre y cuando estés al corriente en tus remesas mensuales de padresnuestros y avesmarías.

Encontré una página en donde uno puede enviarse un correo electrónico al futuro. Escribes un mensaje, lo programas con la fecha que lo quieres recibir, y ese día aparece en tu bandeja de entrada una representación a escala de tu pasado.
Me costó mucho trabajo saber que me quería decir y preguntar para ese futuro (año 2013). Uno nunca sabe qué decirse, supongo, para que el golpe anímico no resulte tan duro. Al fin, escribí algunas ideas y un par de deseos. Al enviarlo, la página marcó error. Parece que perdí ese primer mensaje.
Para el segundo intento ya me sentía más relajado y con mejor humor. Escribí una nota mucho más breve y me desee felicidad. La envié, y abrí mi correo de inmediato para checar la confirmación de dirección. Di click en el enlace y de nuevo otra sorpresa: no aparece mi dirección, sino la de otra persona, total y completamente desconocida.
Así que básicamente perdí un mensaje y el otro le llegará a alguien que no espera saber mucho de mi en realidad. Voy a tratar de no pensar mucho en eso y simplemente dejar que el futuro venga como tenga que venir y que las preguntas salgan solas, no pensar mucho en estos detalles y seguir.
Ya tengo suficientes divertimentos esquizoides como para agregarme uno más.
¿Y la foto? Bueh, nada muy relevante. Intentaba escribir mi nombre con luz y eso fue lo único que obtuve.

Ea. Salió bien de pura chiripa.
Ahm…pues. Bueno. Vamos siendo francos: un buen día de estos tendré algo interesante e innovador que contarles. No sé, algo como que me corté la barba o dejé de hablar como en película de Juan Orol.
Nah, en serio lo dudo.
Que enfadosa es la vida cuando tienes que tomarte las fotos tu mismo y depender de la pared para que no se mueva. Y aquí un paréntesis para agradecerle a Photoshop que no se haya metido en mi vida aun.
Uuuuy, “La Marcha de los Malitos” en el iTunes. Esa pieza siempre me ha provocado invadir naciones cual valkiria del altiplano. Marcho sobre la cocina, ahorita vengo.

No suelo escuchar las señales de alerta. Nunca. Las de mi cuerpo menos.
Por ello anoche caí en la sala de urgencias, ahí donde el dolor nunca termina. Y es triste saber que al otro lado de la cortina alguien lo está pasando verdaderamente mal.
Tanto o más que tú.
Estuve bajo observación un buen rato, y pasado lo peor, me mandaron de vuelta a casa. Algunas recomendaciones para llevar: mucho reposo, tranquilidad, régimen alimenticio saludable, menos sales. Dejar de trabajar, en una de esas.
Pero no se puede, por que finalmente siempre hay que seguir.
Trato de acatar en la medida de lo posible todas las indicaciones (los médicos todavía logran infundir en mi un respeto muy grande). Algunas. Después de todo, reuní algunas fuerzas para levantarme e ir al trabajo al mediodía. No fue la mejor decisión. Tampoco la peor. Aun me siento mal, pero bueno. Sobreviviré, ¿verdad?

A mi nadie me avisó que esto ya había empezado. Siempre, siempre llego tarde.
En fin, pocas cosas han cambiado por acá en este tiempo. Tengo más trabajo que de costumbre y más sueño del que históricamente había padecido. Las circunstancias me trajeron una nueva cámara, la cual no ha sido debidamente explotada y que ojalá esto se convierta en un buen pretexo para hacerlo. Y bueh, les digo, no muchas novedades mas que la muy audaz de que todo marcha bien por acá.
Ya los extrañaba, hijitos.
Espero verlos mucho por acá. Siempre es contagioso ver el entusiasmo de todos al volver a escribir de este lado.

Hace tiempo escuché esta frase en una conferencia. Me encantó tanto que la puse en un lugar bien visible de mi cuarto para no olvidarla.
Y es que resulta que el principal problema de nuestros días es lo simultáneo y lo sucesivo. Bendita globalización, ¿eh? Ver un punto muchas veces implica desatender a los demás y perder la pista del futuro.
Trato de recordármelo seguido, para evitar caer en más problemas, y en más asuntos, y en más soledades autoimpuestas.

¿Muerto yo? No que va. Me ha causado profunda indignación saber que en el posible regreso de Magneto el Guffo me haya requerido únicamente como fan from hell. Exijo respeto al escalafón y se me nombre en consecuencia, cuando menos, líder del club de fans.
Y qué weva me han provocado muchas cosas últimamente, ¿eh? Y no lo digo por mi, que por chabacanería no ha quedado, pero definitivamente la vida en algunos rincones marcha lenta lenta como película de Woody Allen. Y siguiendo con las metáforas peli.culeras, la búsqueda de empleo se ha convertido en una empresa casi tan difícil como las del Arca de la Alianza o el Santo Grial, sin embargo, yo no cuento con un morralito hippieson o un sombrerito cool para dichos menesteres. No, para mi sólo hay corbatas y curriculums.
Nada más. Felicidad a los casados y chala lá chala lá. Regreso de observante.

Estos últimos días de desconexión han sido relativamente buenos, tranquilos en general, en silencio, queditos.
Por cuestiones ajenas a mi (pero propias de mi salud, esa perra) dejé de ir unos días a la oficina para ver llover y no mojarme desde mi cuarto. Amable circunstancia que habría disfrutado más de no ser por que lo pasé dormido casi todo el tiempo.
Detallitos, detallitos.
He retomado el gusto por la lectura. Leo a Sabines en francés, qué experiencia. Se lee diferente, aunque sabe igual: Sabines siempre está a las carreras, como enojado con la vida, como esperando la muerte.
Me quedo aquí en mi cuarto un rato más.
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