
Yo, como mi madre y como mucha de mi familia, tenemos un gran defecto: somos impacientes
Queremos las cosas de inmediato, no nos gusta que nos hagan esperar, nos desespera que una situación que a nuestro juicio se puede resolver con rapidez se tarde, nos cuesta trabajo no perder la cordura antes de que se venza un plazo porque nosotros ya queremos que sea.
Este año fue muy difícil, en muchos aspectos, y gracias a eso he aprendido muchas cosas, una de ellas es a esperar.
Alguna vez alguien dijo que todo tenía su tiempo, que nada era antes y nada es después. Así que si quiero algo tengo que actuar en consecuencia y esperar a que sea el tiempo de la cosecha.
En estos momentos estoy esperando una decisión que tal vez podría cambiar mi vida para siempre, podría ponerme al alcance de uno de mis sueños más deseados y podría sacarme de esta mala racha de más de un año, pero la decisión ya no está en mí, yo hice lo necesario para llegar a ciertas instancias de esta oportunidad y ahora sólo depende de una decisión de terceros.
Cada día siento ese nerviosismo de la espera, me desespero y llegan infinidad de pensamientos que trato en lo posible de acallar, quisiera tener el vicio de fumar para ver si así logro un poco de calma mientras los minutos pasan y el momento parece cada vez más cercano, más inminente… definitivo.
Sí, sólo me queda esperar.





