Teníamos un pez hace tiempo. Murió de causas desconocidas. Simplemente dejó de flotar. Duró mucho tiempo con nosotros, creo que unos dos años o más. Y cuando murió, Lola lloró más que cuando cortó con su ex ex ex novio. Fue triste. Sus restos yacen en la maceta de una de las plantas. No tuvimos corazón para tirarlo con los desechos.
Llegó un nuevo pez a la casa, el cual le regalaron a Lola en su cumple. Se le llamó Fokker. Lola era feliz.
Pero la vida nos jugaría un mal momento…
Al otro día de que llegó el pececillo nuevo, de repente volteé a la pecera, y dije algo como “Lola, ¿ya viste a Fokker?, ¡no está flotando!”. Lola volteó a la pecera y sus ojos se volvieron como los de Remi cuando muere el sr. Vitalis (*snif).
Traté de calmar a Lola diciendo que a lo mejor era un pez emo, que mirara de cerca sus flecos lacios, lacios. Dejó de hacer su cara remiesca, y rió. Ya no se puso tan triste.
Pero en fin… Era obvio que Fokker no sobreviviría la noche.
Y no lo hizo.
A este sí lo tiramos al drenaje.
Es que no lo llegamos a conocer tan a fondo.
No es que tuviese nada en contra de los peces emos.







