Pudiera vivir en la carretera, sin parar, costeando el pacífico, entre las montañas, a través de los pueblos fantasmas de la península, cambiando de fríos a calores y a fríos de nuevo. Sacar la cara por la ventana, como perro contento, que el aire pegue fuerte hasta que entuma la piel del rostro. Alzar la vista, arriba de los cactus más más y más lejanos, cerros distantes sobre el agua salada.
Pero de pasajero, porque soy muy huevón, snif.






