
Les presento a mis hijos. EL primero se llama Freud (creo que todos sabemos por qué…tienen las mismas facciones!), el otro tenía un letrerito pero lo tuve que quitar y ahora es el Sin-nombre. Viven en el filo de mi ventana. La verdad es que me gusta tener este tipo de vida (terráquea) en mi cuarto; son fieles, bonitos y como que dan un toque feliz al cuarto. Mi primer cactus murió trágicamente: se tiró por la ventana y no sobrevivió la ambulancia (jícara con agua), en lo que le compraba una maceta decente. Estos ya tienen buenos años aquí conmigo. Pero, decía, el toque que suelen dar los cactus a los cuartos rulea de manera severa. Alguna vez escuché a un amigo decir que es mejor un cactus que un ficus, árbol representativo del espíritu oficinista. Y le creo, en mi trabajo como oficinista en la universidad, mis únicos amiguitos eran un garrafon que hablaba esporádicamente, una cafetera triste… y un ficus. Snif. Hablando de oficinas, hace tiempo platicaba con mi hermano de que el ambiente en estas suele ser muy violento y es lo que provoca la decadencia en la vida de los que han (hemos) llegado a trabajar en una (bueno, vamos, hablo de una oficina cliché: un cubículo, un amigo que se apellide Benavides, una computadora y 18 horas… Brbrbrbr me acuerdo y lloro). Ese ambiente es algo demasiado brusco, tomando en cuenta que llegan los términos de rutina, debilitamiento y la pérdida de cierto sentido humano. Mi hermano, que más bien parece que trabajaba (renunció!) en un sistema feudal, proponía una especie de oficina al aire libre, pero eso sería como video de Blind Melon o algo así, ja. Yo no sé qué proponer, pero mi acercamiento al área laboral empieza a preocuparme. Almas libres, caed.



(Sin calificaciones)




Ahh me recuerda a Bob, el cactus del árbol!! Y, si cierto lo que dices.