
La verdad es que no tengo mucho que contar, con eso de que ya tengo una semana sin trabajo en una clínica y me eh dedicado a los quehaceres hogareños, mismos que no son tan divertidos.
Ya se cumplió una semana de que secuestraron a mi jefe, aun no me eh enterado de nada; no sé si este bien, solo sé que piden mucho dinero. Es increíble como pasan las cosas frente a nuestros ojos, nunca imagine pudiera pasar, y menos con un ser tan estimado. La verdad es que el doctor merece mi respeto, es una excelente persona, honesto y siempre andaba de buen humor y sonriente.
Sobre mis labores en el hogar, mis hermanos las llaman “fase de entrenamiento” porque, según ellos, me están capacitando para lo que me dedicare el resto de mi vida jajaja. Se oye muy machista, pero lo dicen en broma, pues ellos también me ayudan con todo lo que hay que hacer, hacemos muy buen equipo.
Y bueno, para matar el tiempo me propuse arreglar el jardín y fuimos a comprar abono para las plantas y aproveche para comprar unas semillas de flores para mis masetas que fueron atacadas por las ardillas. Con eso de que tengo una mente flickera ya me imagino mis flores hermosas y coloridas para tomarles “muchas foootooos“. Le comentaba a mi mamá que me sentía como aquella vez que en la primaria nos hicieron sembrar un frijol en un frasco con algodón y alcohol, yo quería que ya creciera mi plantita, la veía todo el tiempo y nada… creo que soy una desesperadita.
En fin, espero tener noticias pronto del doctor, buenas noticias…

Yo era una persona muy rara. Es decir, sí, lo sigo siendo y también soy extrovertida y desinhibida, pero antes era una persona rara en el sentido de que, en cualquier momento, tendía a deprimirme bien azotado o a pensar que nada tenía sentido. Pero recio, terrible. Actualmente también me da por pensar eso, pero mejor lo hago cuando no estoy haciendo nada o para tener una razón rápida para no hacer algo (véase: procrastinar). Sí. Hace tiempo, en medio de una depresión, decidí hacerme un fleco guapetón, que duró buen rato, como un año. Los que le conocieron, siempre me decían que se me veía muy coqueto pero que no era lo mío (whatever-it-means que algo sea tuyo). Tiempo después, cuando Elsa conoció lo que es la nostalgia y el sabor de la herida, se dijo que necesitaba algo más acá, fuerte… y como el trago de tequila a las 7 de la mañana, decidí, con el pelo llegándome *casi* a la cintura, pintar la mitad de color rojo, rojo vivo. Recuerdo que al llegar a mi casa me sentía muy feliz y peinarme era de lo mejor. Ese color me recordaba algo que no sabía cómo explicar y en el concierto de The Cure fue un rojo sangre que amé con locura, al igual que el concierto (fue en mi cumpleaños, vean nada más). Tiempo después, cuando Elsa probó el sabor de la insuficiencia y el azote, decidió cortar esa mitad de pelo, bastante dañada por los químicos que le llegó a poner.
Ahora, sin tener una razón de depresión ni un motivo de lloriqueo adolescente, decidí cortarlo al grito de “no sé cómo lo quiero, señora, pero sólo córtelo”. La señora, obediente, cortó y cortó hasta tener el resultado que ustedes ven. Me gustó, aunque la señora, al parecer, era la que quería desahogarse… y a tijerazos lo logró. Eh, me agrada que la gente sea delicada cuando tiene navajas u objetos punzocortantes mientras tienen mi cabeza entre sus manos. Por eso voy con jotos. En fin, jamás voy a entender ese efecto que me proporciona el cortarme el pelo a su debido tiempo, porque he de decir que no sentí la misma alegría al ver mi pelo ese día, que cuando lo hice en medio de mis depresiones adolescentes maricas. Cuestión de cambios en buena hora, dirían por ahí. Al menos me sale más barato que el prozac…