
Hace poco más de una semana me aventé de una avioneta, a tres mil pies de altura. Afortunadamente, de la espalda traía colgada una chica. Ella llevaba otra cosa en su respectiva espalda y voilá: a la mitad del camino, la cosa de la chica se abrió hasta tomar dimensiones considerables y nos permitió a los dos, a ella y a mí, aterrizar sin contratiempos, tres kilómetros abajo, en un campo verdecito. Como siempre. En el ínter, la chica me venía platicando al oído, cosa que, seguramente, hubiese sido tremendamente sexy en otro momento. Pero justo ahí era imposible: acabábamos de recorrer kilómetro y medio a una velocidad promedio de doscientos kilómetros por hora. Y que me perdonen, pero yo nunca he visto un Volvo poniendo a Barry White en el estéreo, así nomás de compadres. La cosa es que me pareció de mal gusto decir algo como “oye, ¿te han dicho que eres un avión (goey)?”. De mal gusto y tirado al ridículo, sí señor: nadie avienta lugares comunes a esa altura. La última vez que alguien tuvo la ocurrencia, parece que los lugares comunes cayeron todos juntos y brotó de la calle la colonia del Valle. Habrase visto.
Bueno. La cosa es que caímos y, en efecto, el aterrizaje fue mucho más engorroso de lo esperado. Claro: un sentón y medio, un desajuste de cosas y una muchedumbre viéndome como si fuera yo a nacer de una madre retrasada. Sorpresa, colegas: no soy un cromosoma 23. Y claro: el ataque de adrenalina, que suele ser un fastidio, sobre todo cuando uno ha terminado de gritar y de correr y “aaaaah”, y “uuuuuooooo”, y “eeeeeh”, y brinca y abraza y declara, sin embarazo alguno, que ¡ah, la vida!, y que caer desde las alturas te hace entender de zopapo que ¡la vida, oh, la vida!, y luego, entre tanta corredera y tanto grito en monovocal y tanta poesía, uno se encuentra con que se ha quedado sin aire y sin rimas y sin vocales. Cmplcd prblm.
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Así que yo no entiendo. La gente se prepara muchísimo para hacer algo tan natural como aventarse de un avión: que si la posición de arco (“tienes que poner los pies como si te estuvieras pateando el culo, ganapán”), que si pie-al-estribo, que si manitas al arnés. Y caminan al avión como marcha funesta. Como si aventarse de un avión no fuera la cosa más natural del mundo. Como si Pepe Rojo no hubiese dicho hace años que, en ciertas situaciones, lo mejor que queda por hacer es tragar un cartucho de dinamita y encender con toda tranquilidad un cigarrillo. Como si saltar desde una avioneta no fuera la cosa más natural del mundo. ¿O qué? ¿No hemos aprendido nada de Superman, de Osama? Por dios: como si saltar de un avión no fuera la cosa más natural del mundo.
Para ser sinceros, mi mayor problema vino después del salto. Porque así como me ven de quitado-de-la-pena, me ha costado un trabajo tremendo recuperar mis vocales. Si les contara yo las penurias… entre otras cosas, he tenido que ponerme a trabajar mucho, muchísimo, escribiendo cosas que no me pertenecen. Y todos sabemos que rayar cuadernos ajenos es cosa harto deleznable. Y he tenido que mover mis cosas una y otra vez. La gente piensa que la cosa es la mudanza, pero no: yo iba por las vocales de reserva que había dejado en alguna caja, estoy seguro. En fin: penurias.
Hasta que descubrí que la mejor forma de recuperarlas era dando vueltas y vueltas en la silla del ordenador. Como si tal cosa; como si saltar de un avión (y perder las vocales, y olvidarte dónde demonios has dejado el tiempo que habías guardado para escribir) no fuera la cosa más natural del mundo. Así que tranquilos: esta ausencia se debió a un problema de jet-lag emocional. Con suerte, un día de éstos, haré girar mi silla con la velocidad suficiente como para viajar en el tiempo. Ese día, a terminarse unos cuantos meses después, prometo comenzar una novela policíaca.