
Comencemos por el principio. Hay cinco nociones básicas que permiten el correcto funcionamiento de la Humanidad®. La primera: cada generación va a ser más estúpida y más huevona, pero más exigente y temeraria que la anterior. La segunda: los orientales son mejores que los occidentales para todo excepto para ejercer la burla y para procrear, razón por la cual el mundo se parte a la mitad en donde deciden los de este lado. La tercera: nunca jamás confíes en un rockstar o en un calvo. La cuarta: siempre tendremos a Bruce Willis. Y la quinta, y más importante de todas: la maquinaria del mundo tiene botones de vital relevancia que siempre serán apretados por gente con corbata.
Supongo que fue siguiendo esa lógica que mi madre se compró la ilusión de que llegaría el día en el que yo, con pelusa facial y tres granos reventados la noche anterior frente al espejo, le pediría que me enseñara a hacer el nudo de una corbata. Un Windsor, un doble Windsor. No lo sé: a la fecha, mi madre conserva una mirada que grita a los cuatro vientos que, a su parecer, la importancia de una corbata no está determinada por la cantidad de vueltas en su nudo, y tengo la certeza de que, con todo y su inquebrantable fe en que yo comenzara a combinar colores y a aprender de memoria mi talla de cuello, su única esperanza real era que yo le encontrara alguna diversión al uso indiscriminado (e inútil) de un trozo de tela colgado del gaznate.
Pésima idea. Ya bien entrado en la adolescencia entendí que la corbata no era cool: en realidad, era (y disculparán el lugar común) el yugo de la clase ejecutiva; descubrí que era la insignia necesaria para oprimir botones, sí, pero, sobre todo, la manera más fácil y cruda de gritar al mundo: “¡hey, a mí no me culpen! ¡yo no puse las reglas!”.
El día que me convertí en escritor de brocha gorda, mi madre vio alguna película de ésas en las que se fantasea con el reportero de sombrero y gabardina, perdido entre los grandes edificios de Chicago o New York. Supuso que yo sería de esos. Lo que ella no sabía, ni entonces ni hoy, es que yo no soy reportero ni periodista: soy escritor, que es bien distinto. Yo no pregunto y cuento; yo observo, desarmo, y hago un desbarajuste atemporal con las rebabas y los hilos sueltos. A veces, relleno con yeso. Pero jamás pregunto algo que me es obviamente ficcionable. Por aquellos días, yo era guionista, y se sabe que, entre los escritores que encuentran un trabajo para comer (que son los menos, pero también los más siniestros), el guionista es el de más bajo calibre. No sólo no aparece jamás en su obra, sino que apenas alcanza a firmarla en un crédito que dura menos de un segundo en pantalla. Y eso le hace menospreciar del todo cualquier sentido del pudor. Corbata incluida.
Así que mi madre se obsesionó con la idea. Un día me regaló una corbata roja; otro, me confesó que no entendía el motivo de mis desvelos: después de todo, yo sólo era escritor. Nunca entendió que, en realidad, las corbatas pican los botones, pero los que no usan corbata son quienes los conectan con la bomba. Algo así.
Todo este rollo es sólo para decir que mi trabajo me hace muy feliz. No usar corbata es el principio de todo lo demás: es no usar cajas en la cabeza ni tener que sujetarme a reglas inútiles, ni tener que hacerme idiota en tiempos de ocio. Es hacer de mi hobbie mi trabajo, y viceversa. Si no, vean nomás la oficina, el jardín, y mis (no tan) flamantes Converse, mis jeans rotos. ¿Qué dónde trabajo? Pues qué les digo: mejor dénse una vuelta.