Luego de una semana de “mudanza” (que consistió en ocasionales caravanas de discos y libros, así como una prístina invasión de cascos de caguama a la cocina), mi madre tratando por todos los medios, legales y no, morales y no, de convencerme de que los 25 todavía son buena edad para vivir en casa de mamá, después de trazar rutas al trabajo y de idear los lugares idóneos y delimitar presupuestos, y de ubicar super y tiendita, y luego, pues, de todo lo que implica la Madurez® (misma que me empiné en una semana), ya estoy instalado en mi depa.
Vale contar la historia, para que no se sorprendan por la mesa de rattán ochenterísimo y por la mesita con ofrenda de flores. El depa pertenece a una familia muy feliz (cuyos apellidos verían dispuestos en el cuadro de la izquierda, con todo y escudo de armas, si la foto fuera más grande) que se fue a vivir por algún tiempo a otro lado. Nuestra misión, la de los inquilinos, es cuidar el lugar, con todo lo que eso implica: retener los servicios (cable y maid incluidos) y, de algún modo, devolver algo muy semejante a lo que ven. Me explico: devolver, al cabo de dos años, el símil exacto de The Brady Bunch región 4, remasterizada.
La cosa se complica, claro. Porque el rattán nomás no da. La cruz tampoco, no porque seamos ateos, sino porque descreemos del repujado en seco. Las flores en la mesa, la cerámica en la cocina, etcétera, gritan al mundo que ahí, hace poco, había un poco más de cordura. Por el momento me he ido a vivir a la casa de alguien más. Lo que es tanto como vivir en un hotel o en casa de un tío. Así que nos enfrentamos con sillones beiges (BEIGES! Ese horrible color sin nombre decente siquiera), mientras fantaseamos con un poco de color, algunos cuadros de Pollok o de Basquiat o de perdida unas fotos de Kudelka; mientras imaginamos las lámparas stylish y los cojines hindús, sí, nos tenemos que enfrentar con las historia de otra gente, lo cual tiene mucho de siniestro y tanto más de deprimente.
Pero de apoco se adapta uno. Primero, vaciar las chelas para que los cascos adornen los rincones oscuros de la cocina. Luego, arrojar a discreción uno, dos calcetines que den acento a la decoración de la sala. Finalmente, esparcir ceniceros por la casa. Encerrar a dos amigos por dos horas con dos botellas de Bacardí, y ya está: sin duda, pronto, esto se sentirá como Casa™. *sigh*
(Pronto: la foto con el deco un poco más elaborado y más nuestro. Por lo pronto, omitan los tonos de rosa que se ven por ahí.)



(Sin calificaciones)




