La ciudad está bien pinche fea: es gris, no hay árboles, el clima está de la jodida, la gente es mustia y le pone queso para nachos y crema y salsa rara a las sabritas, todo está lleno de metal y tubos y pedazotes de concreto como si de eso dependiera el mañana de la ciudad. El parque Fundidora se me hace una tomadura de pelo (háganme el favor, edificar un parque en las ruinas de una siderurgica), el cerro de la Silla nunca se vio por que estuvo nublado y el calor estaba tan húmedo como en cualquier playa del Pacífico.
Sin embargo, las Carta Blanca están riquísimas, el cabrito, los autobuses con clima, la Macroplaza y el estadio de los Sultanes. Además, descubrí que Luis sigue siendo el mejor confidente, Daniel el más incondicional y Ray el mismo atormentado de siempre. Reafirmé mi gusto por las noches largas y los paseos sin rumbo.
Monterrey bien vale un tango, con todo y todo.





