Tuuu que escribes bien boniiitoooo
para ti soy libroabiertoooo
escribe en mi te neceeesitoooo

Archivo del 26 Marzo, 2007
Me importas tu
Nos sorprendieron de pronto las primeras luces del amanecer, esos destellos ligeros y de color ambarino que vienen siempre acompañados por nubes acuareladas y silbidos de aves que madrugan entre la sombra fresca de los árboles. A esas horas el pasto, las hojas, el cofre de los autos y las telarañas aún no se sacuden el rocío que los bañó antes del alba, esas pizcas diminutas de agua donde reflejaron su rostro las estrellas mientras el cosmos permanecía apagado. Estoy seguro –te lo puedo apostar- que esa noche el mundo giró en torno a nuestra plática en el sillón. No hubo guerra, no hubo hambre, ni pestes, ni tala indiscriminada, ni matanza de delfines sólo por ese instante que no se dejó que lo hiciéramos infinito. No hubo nada de esos horrores porque el universo estaba ocupado entretejiéndose en las orbitas de nuestras miradas ya entrelazadas horas antes, cuando las apacibles tinieblas nocturnas todavía nos presumían su manto de terciopelo negro. El sillón era el universo en sí. Nuestro universo.
Pero los fulgores de las mañanas son crueles porque lo destruyen todo de un chasquido sin que uno alcance a darse cuenta y sin que digan “¡agua va!”. Quién podría imaginar que las cursis notas emanadas del diminuto par de pulmones de un jilguero pueden romper con el encanto de un momento perfecto. Que el trino inofensivo de un plumífero nos obligue a mirar allá afuera del cristal empañado que nos resguarda para recordarnos que el mundo sigue igual: en guerra, con hambre, lleno de pestes incurables y erosionándose mientras delfines convalecen afuera del agua sin sus aletas dorsales como rinocerontes cercenados del cuerno con sierras eléctricas. Pero lo peor de todo es que nos reafirman que el lapso donde se congela el tiempo y todo es bonito ya terminó, y hay que volver a la normalidad de la rutina. Las auroras son centellas violentas que borran el negro imborrable del firmamento extinguido y resplandecen como la hoja de la navaja de afeitar o un foco que prende violentamente a centímetros de los ojos de un topo.
Y te juro que traté de buscar un switch para volver a poner todo a media luz, cubrir las ventanas con tablones gruesos y clavos largos, esconder todos los relojes de la casa, quitarme el sueño a bofetadas, inventar una excusa para no ir a mis compromisos de ese día. Pero todo fue inútil. Lo que me tranquiliza es saber que ya habrá tiempo para volver a entrelazar universos con sólo una mirada. Y si se puede, no sólo con la mirada…






