NOTA: Si les gustaron mis carnalas, arréglense con sus novios extranjeros y sofisticados y cirujanos, locos y blablabla, yo ya no sé nada: noigo noigo soy de palo tengo orejas de dumbo…
Ahora sí, el bonito post que les tengo preparado mejor que discurso de Chabelo crudo en domingo:
Miraba a través de la ventana de mi cuarto a los niños jugar. Era nuevo en el barrio y los camiones del municipio acababan de llegar a la colonia para hacer las zanjas donde irían las tuberías de gas. Todavía recibíamos gas en camiones que rellenaban unos tanques plateados con forma de supositorio. Los niños del barrio jugaban fútbol y siempre se les iba el balón a una de las zanjas. Yo miraba el partido por ese cristal frío del cuarto, el mismo vidrio donde dibujaba en invierno con mi dedo índice sobre el vaho que soltaba para divertirme en mi soledad.
Pasaron los años y me hice amigo de los niños de la colonia y las zanjas de las tuberías del gas ya las habían tapado. Ahora el balón se perdía en algún monte baldío cuando alguno de nosotros lo pateaba de más o el portero salvaba un gol casi seguro. Nunca fui aficionado al fútbol pero era lo que se jugaba en el barrio –con porterías hechas a base de pedazos de blocks de las construcciones- a falta de bicicletas y Nintendos.
Y fue lo que me dijo ayer mi padre cuando me llamó, después de no haber hablado con él en algunas semanas por sus cuestiones de trabajo: “Yo sé que no eres muy aficionado al fútbol como yo, mijo, pero me regalaron unos boletos en el palco de Cemex para el partido de la selección mexicana contra Paraguay… ¿cómo ves’, vamos a aprovecharlos, ¿no?… sirve que platicamos… ¿cómo ves?”.
Somos difíciles los dos. Él es un padre disciplinado hasta con lo que come, que se levanta siempre a las cinco de la mañana para salir en su bicicleta chingona a recorrer quién sabe cuántos kilómetros y no le gusta que en los hoteles no haya gimnasio porque a él le gusta levantarse a hacer ejercicio aunque esté de vacaciones y se duerme antes de las 10 de la noche aunque esté de vacaciones. No ve peliculas, no va al cine, oye música clásica y compra revistas de política y deporte. Y yo, un hijo cabrón que llegaba a las cinco de la mañana bien pedo cuando vivía con ellos y me topaba con mi jefe cuando se iba a hacer ejercicio y me miraba con lástima y enojo, un hijo que le cagaba que su papá se levantara en vacaciones tan temprano para ir al gimnasio del hotel y –aparte- me levantara para que fuera con él a ejercitarme y que ahora se duerme después de las 3 de la madrugada por mi trabajo y mi estilo de vida. Somos difíciles y muy diferentes.
Él es político y a mí me caga la política, pero nos respetamos, aunque siempre que platicamos acabamos enojados…. bueno, yo soy el que se enoja primero y siempre pierdo. Me caga. Él es deportista y yo no. Él es muy optimista y yo soy fatalista, realista, pesimista o como me quieran llamar. Él es adicto al trabajo y yo tengo repulsión por los horarios, las instituciones y toda esa filosofía y políticas laborales. Podrían decir que no tenemos nada en común, salvo que él es fan de José Agustín, Luis Spota, Jorge Ibargüengoitia y Abel Quezada, al igual que yo (él me heredó todos esos libros) y que su padre, mi abuelo, al que nunca conocí, nunca estudió y tenía un negocio de estopa… ¿un negocio de estopa?… No sé todavía cómo sobrevivían.
Pero pos es mi papá, y la filosofía de vida es ser un mejor ser humano cada día; al menos esa es la mía.
Se va a poner bueno el juego el domingo porque a ninguno de los dos nos importa si gana o pierde Hugo Sánchez. Vamos a ganar otra cosa más importante que un partido si gana México.






