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Ya llevo un buen rato aquí tirado sobre el sillón de mi departamento rentado, con la alacena vacía (dos bolsas de palomitas para microondas y una lata de jalapeños) y caminos libres de polvo sobre los muebles por donde paso el dedo índice y pienso que tengo que limpiar pero no lo hago hasta que esa línea que deja mi dedo al abrirse paso entre la capa de tierra vuelve a cubrirse de más polvo.
Llevo ya un buen rato imaginándome dentro de ese tanque casi invisible que me murmura con globitos de aire sonidos que nomás yo entiendo. Y pienso en deslizarme muy lentamente desde la superficie hasta el fondo por el recién pulido cristal. Caminar descalzo sobre la grava a paso de astronauta y encontrar restos de caracoles deshabitados meses atrás por las babosas. Explorar en los oscuros recovecos de los troncos amontonados que acunan musgo suave y lama. Cabalgar sobre el dorso de cualquiera de los peces que nadan a mi alrededor y destellan con sus escamas las cortinas de luz que penetran entre las cortinas de tela. Recargarme para descansar en una de las cuatro esquinas reforzadas con silicón. Abrazarme al calentador cuando baje la temperatura del agua y guiarme con su foquito anaranjado en las noches lluviosas. Poner la cara justo enfrente de donde salen con potencia las burbujas. Soltar el cuerpo cuando se apaguen las luces del mundo y que la marea de la oscuridad lo bambolee con delicadeza de una esquina hasta la otra: de ida y de vuelta y de regreso otra vez.
Vivir dentro de un acuario ha de ser más sano y placentero que habitar este insípido departamento en una ciudad infestada de gente que ni sonreír sabe y tampoco motivos para hacerlo tiene.
No sé cuánto tiempo más voy a estar aquí tirado… espero que mucho.