
Probablemente me creí superchica y no tuve respeto por todo lo que pudo llegar a ocurrir. Es probable que desacreditara el tiempo que me toma terminar mi trabajo, y más aún que olvidara que en cuestiones de trabajo eso de la hora de salida es el epitafio de alguien que consideró gracioso colocarlo en los contratos de trabajo.
No conforme con ello incurrí en una maestría que ocupa el resto de mi tiempo, así los lunes parece que no pasa nada, los martes debe quedar lista la primera tarea, los miércoles toca reunión de equipo y al finalizar el examen semanal de la materia a la que voy los jueves por la tarde, los viernes termino la tarea para la clase de las ocho de la mañana del sábado y a las 11 me encuentro corriendo cinco cuadras para llegar con tiempo a la siguiente, en donde por tres horas me coloco una máscara en donde oculto la ignorancia e intento mitigar ese duendecillo que me asalta al oído gritando “¿Por qué diablos metí esta materia?”
Este es el rincón en donde paso mis noches.
Sin embargo esta noche de mi tarea no entiendo ni el idioma en el que fué escrito.
Esta noche me iré a la cama y renuentemente dejaré sin hacer mis deberes, me daré ese lujo y probablemente me encuentre chillando el día de mañana.





