Jamás he podido disculpar mi soledad en cualquiera de sus presentaciones. Siento que es una debilidad sentirse solo, un lujo ridículo sin un trasfondo que valga la pena dilucidar.
Y sin embargo, me miro en retrospectiva, y me miro solo. Y veo mi pasado con la pereza que el cazador siente al contemplar un venado famélico.
Cuando pienso en soledad pienso en un poema de André Breton, y cómo lo descubrí en mi infancia entre el librero de mi madre. Se llama “Sueño que te veo…” y recuerdo haber sentido al leerlo un calor interno tan precoz que me dirigí al cuarto donde jugaban las hijas de una amiga de la familia. Aun no recuerdo por que no estaba jugando con ellas - supongo que me aburría su parafernalia imbécil de juegos repetitivos - pero me recuerdo entrando a la habitación y jalar de la mano a Erika, la de mi edad, y llevarla hasta donde estaban los libros.
Ahí la forcé al beso, y cuando pudo escaparse, me quedé absolutamente solo. Sentí necesidad de su compañía, y ahora se que fue ello el origen de mi burdísima soledad.
Luego recuerdo una tarde durante las clases privadas de matemáticas que mi madre me obligaba tomar. Ahí la profesora, una vieja bastante divertida, me platicó que Luis no vendría ya a la clase. Luis fue el primer niño que no hacía mofa de la ausencia de mi padre. Cuando le pregunté por que, ella me dijo que había muerto dos días antes en un accidente automovilistico. Justo antes de que saliera de viaje con su familia a Mérida lo había golpeado en el abdomen por negarse a prestarme uno de sus juguetes.
Entonces la imagen de él doblado sobre la banqueta, sofocado, se entreveraba en mi imaginación, y lo veía sobre el mismo concreto, pero con la sesera abierta y la lengua morada, tan muerto como las fotografías que aparecían en los libros de medicina forense que solía hojear por mero morbo.
Y me sentí solo. Y ahora se que me sentí así por que dejé algo pendiente con él, por que debí pedirle perdón o compensar el golpe que le di en la panza.
Ahora se que nuestra soledad es el producto de nuestras insuficiencias, de nuestras necesidades, de vivir incompletos. Y no se, sin embargo, si esto lo vuelve un sentimiento idiota, cursi o inútil.
Hoy mientras escribo esto, después de borrar el post que había subido horas antes, experimento la más agria de mis soledades. Espero me disculpen esta frívola licencia seudoliteraria para hablar de ello.
En la imagen, yo en algún lugar del desierto bajacaliforniano. Atrás de mi, supongo, el contexto de la nada más profunda, donde sentirse solo es tan irrelevante como la vida misma.






