
He comprobado que una de las partes más fundamentales de mi psique, es sentirme atormentado. Es decir: Si quiero producir más, y mejor (algo que me deje satisfecho), debo estar atormentado. Con eso me refiero al arte tan extraño de escribir, y digo arte porque si le llamo oficio y trabajo, nadie me la cree. Todo es una copia al carbón de Plinio y nuestros guionistas actuales, regodeándose en Televisa.
Escribir cuentitos es bueno, porque te liberas de tormentas breves y que pueden ser autoimpuestas (si imagino que tengo un cáncer horrible, puedo escribir un cuento de flores y niñas bonitas). Pero escribir una novela, es atormentarse aún más. No en balde, Marcel Proust sufrió una enfermedad durante veinte años para escribir el monstruo de siete tomos que nadie lee, pero que marcaron una diferencia en el mundo literario. Un parteaguas, un hermoso diario de la cultura y arte de ese tiempo, de perversiones e intrigas, de hombres y mujeres enfermos. Tengo novelas que escribir y estoy pasando por un proceso natural que es pensar en ellas. Muchas veces tuve que pensar en Padre Taxi y en Simón Dor, antes de por fin sentarme y dejar que las líneas fluyeran. Esta sucediendo lo mismo con las novelas pendientes, dónde mi cerebro piensa muchas ideas, descarta otras más y se le ocurren nuevas. No puedo asegurar que es un proceso de maduración de idea, pero he llegado a comprenderme a mí mismo al punto que se cuando y como debo continuarlo.
Mientras tanto, soy un escritor huevón que mira el smog bajo un sol sonriente. Nada nuevo.
En este momento de la vida, no tengo ninguna de esas torturas. Tal vez, que mis medios hermanos estudian en la misma preparatoria que mi hermano y que puedo toparme con mi padre en algún momento. Pero no me atormento con ello, más bien me fascino porque el destino impone ese tipo de juegos estúpidos y curiosos. Podría atormentarme con la decisión tan importante que tomé, que es comprometerme con otra persona (a la que amo y estimo, y quiero, igual o tanto más que un familiar de mi sangre)… pero la verdad, confío en que las cosas saldrán bien. Antes, cuando trabajaba en comerciales, me atormentaba con cada proyecto, curioso que algo tan vano fuera una tormenta tan grande, y pienso que eso me obligaba a ser más creativo, a escribir distinto. Ahora, escribo como un hombre que mira a través de la ventana y los conejitos estan saltando. A veces siento que es así.
Por error, tomé un cuaderno y he empezado otro diario. Nada de blog. En mi blog ya no confío tanto como antes, siento que ha cambiado y que retomaré esas anécdotas personales cuando termine por descubrir en que me he convertido. Prefiero escribir los cuentos que he dejado pendientes y empezar una nueva faceta, como caricaturista mediocre plasmando chistes bobos y curiosos. En el cuaderno me prometí escribir dos líneas diarias, que es la recomendación que le doy a todo quien deseé escribir. La recomendación no la doy porque sea un escritor, sino porque es lo que han hecho otros escritores y les ayuda a no oxidarse. Mantener la lengua viva, expresar de manera gráfica las ideas, asombrarse de las cosas que podemos plasmar, nos ayuda a mirar las cosas desde otras perspectivas. Nos ayuda a descubrirnos (y en mi caso, saber qué pasa conmigo). Si no puedes escribir algo grande y decente, empieza con dos líneas y di lo que sea, aunque sean las líneas más aburridas.
He tomado decisiones muy importantes, y aunque me siento un poco inseguro y culpable de lo que significan, estoy seguro de poder con ello. Finalmente, ya no estoy solo… creo que ese era mi peor tormento, uno al que no le prestaba atención y con el que empezó esa carrera en línea… que estaba solo, me sentía solo, y ahora que no lo estoy, todo se siente tan distinto.