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Oh, hermosos años mozos,
cuando mi melena era abundante y robusta
como la de Latin Lover, ese luchador nacayote
que a las viejas cachondas tanto les gusta.

Tenía una tupida cabellera
como la de Poncho Denigris y Lorenzo Lamas,
pero pinche genética:
neta que conmigo sí que te la mamas.

Oh, inocencia greñuda y de coleta rockanrolera,
cuando un artista conceptual wannabe yo era;
cuando todavía no tenía que usar shampoo Cre-C,
sino hasta que se me empezó a desprender el cabello por ahí de los trece.

Oh, bendita juventud,
cuando podía usar peines y cepillos frente al espejo año con año
y, ahora, lo único que hago es espantar el olor a caca de crudo encendiendo cerillos en el baño.

Me recuerdo de pie -imponente- en lo alto de una montaña:
sin camisa, con los brazos bien mamados, el pecho inflamado, arqueando la ceja y el viento fresco de la montaña entre mis crines haciendo una maraña;
pero ahora, con el poco pelo que me queda, el viento ya no puede jugar y se resbalan por mi pelona los piojo y las arañas. Snif.

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Me dicen que ya necesito un corte de cabello pero yo les digo que no necesito ir a cortármelo… que solito se me cae. Es nomás de arrancarme tantito de aquí, un poquito de por acá y listo: 50 pesotes que me ahorro, jojojo.