
“No son las obras de arte las que generan la catársis, sino los ritos religiosos.”
W. H. Auden, La mano del teñidor
Desde mi adolescencia he sido un ferviente adepto a la teoría de que cada uno es libre de meterse la sustancia que mejor le plazca para alterar su percepción, ya sea por fines recreativos, espirituales, de búsqueda personal o experimentación, siempre y cuando se cumplan las siguientes condiciones:
1. No debe haber presión por parte de otros para que tal sustancia sea consumida (no peer pressure should be involved).
2. Uno debe saber cuáles son los posibles, probables y asegurados efectos y efectos secundarios del consumo de dicha sustancia (know what you are taking).
3. Cero tolerancia al abuso; si es más fuerte que tú, es más fuerte que tú. Hay que admitirlo y buscar ayuda. (zero tolerance towards abuse).
Dicho lo anterior, tengo que aceptar que mi droga de preferencia es el LSD. No es lo más fácil de conseguir, ni lo más barato, ni tampoco es el viaje más placentero. Es algo que nadie en su sano juicio tomaría más de una vez cada dos semanas (y ya eso es mucho). Al contrario de lo que mucha gente piensa, con el ajo no se “alucina”, al menos no en el sentido en el que el 90% de la gente cree que se alucina: viendo cosas que no están ahí, como elefantes rosas, etc. Se trata de algo más interno, que cambia tu sensación del espacio, del tiempo, de tu propio cuerpo. Cambia las luces y los colores, sí, y el control de tus movimientos también, pero en relidad se mete en tu cabeza y te lleva por caminos que ni tú mismo esperarías tener. No es infrecuente que, por lo mismo, si estás deprimido o estresado, el ácido te “regañe” y lo pases genuinamente mal durante un buen rato de las 8 o 14 horas que dura el viaje. Por otro lado, la sustancia no es adictiva, no tiene secuelas físiológicas si se toma con moderación (estoy hablando de tres o cuatro veces al año), no hay modo alguno de que te mueras de una sobredosis si solo tomas eso, y en terminos generales, si estás en buena compañía y en un ambiente seguro, es probable que sea lo mejor que hayas hecho en tu vida. Pero debo aclarar de nuevo: NO es para ver colorcitos, NI para echar desmadre.*
A mí, sobre todo, me gusta porque no ha habido una sola vez que lo tome que no termine riéndome por horas, sin poder parar. Había tenido un mes muy difícil, muy raro, lleno de emociones confrontadas: mucho trabajo, poco dinero, celebraciones y muertes, enfermedades cercanas que no debían pasar, incertidumbre, cansancio. Y todo se acabó con una caminata de cuatro horas en la madrugada por la ciudad, cuatro figuras riéndose, andando, solitarios, pensativos y acompañados. Vaya catársis, gracias.
*Guía rápida: si te dio hueva o te espantaste, el LSD no es para ti.