
Hace unos días llevé a mis dos grandes amores a un parque para pobres.
No les pido disculpas. Los llevé en franco tour antropológico y, creo, se divirtieron. Ella acostumbrada a parques no menores al San Diego Zoo, y el otro ofendido sobremanera de codearse con niños excesivamente prietos.
Y no, no se trata de la gente prieta o de color oscura. Me refiero ampliamente a una prietez inequívoca que, creo, muchos de ustedes conocen e igualmente desprecian: la prietez color caca (dícese de toda aquella prietez demasiado desagradable).
Pero no abundaremos en ello. Me prometí abandonar todo tinte escatológico. Hablaré del desengaño.
No, no el amoroso. No solo existe eso, aunque muchos de los que aquí escriben solo sepan hablar de desamor y de la pésima vida sexual que arrastran para todas partes en sus vidas clasemierderas de ipod y spleen computacional.
Sino del desengaño social. Y es que, cuando veo a estos dos angeles, me place entender que sus almas, de diferente forma, no conocen las bajezas irredentas de, por lo menos, esta asquerosa ciudad de Tijuana que vio morir a Jesús Blancorleoni. (Los que no sepan quien jodidos es Blancorleoni, hagan click en su nombre, ignorantines).
Karla, por ejemplo, jamás había ido a ese parque (el más grande de la ciudad). Probablemente por que pertenece a otro ambiente socioeconómico, y carajo, no pienso reprocharle jamás lo que, sin poder evitarlo, es, fue y será.
Felipe, por otro lado, comienza a vivir. Poco sabe que en esta ciudad espantosa la violencia que a todos escandaliza es una violencia burguesa. Las múltiples etiquetas infames que arrastra la ciudad son cortesía de clases burguesas asustadas por secuestros y asesinatos que solo perjudican a pendejines que manejan camionetas lujosas.
Si eres Juan de la Chingada, en Tijuana jamás te sucederá algo. El crimen por el que nos volvimos famosos en este país de tres pesos es, en realidad, un mito socioeconómico que unicamente afecta a fresitas adinerados o riquillos que se relacionaron con mafiosos, ya sea lavandoles dinero o vendiendoles, transportandoles o consumiendoles su droga. Incluyo en todo lo anterior, a los famosos narcojuniors, esos chamaquitos adinerados que por poder y aventura se enrolan en las filas del narcotráfico y que, merci beacoup, vuelven locas a toda clase de chamaca pretenciosa, fria y superficial como una lata de pepsi one.
En Tijuana, hay otro crimen invisible. Pero no hablaré de ello. Unicamente me interesa por que, en esa embarradita de pueblo que les di a mi par de angelitos pequeño burgueses, me interesa que ninguno de ellos se trague el cuento respecto a la violencia y los problemas sociales de esta ciudad.
Nevertheless…

Tampoco puedo negar que yo, aunque paria correteado, veterano de las calles, fresita disfrazado de muerto de hambre y vago de papi y mami, vivo y disfruto de la dolce vitta. No soy un luchador social; soy un cabrón privilegiado que jamás tendrá que padecer la verdadera Tijuana. Estoy en medio.
¿La foto anterior? Además de vernos encabronadamente guapo (chingue su madre el que siquiera piense u opine lo contrario)es una sencillita competencia de pesca a la que fuimos invitados Karla y yo. En esos lugares no hay gente pobre y me congratulo. Si bien no quiero que mi hijo viva engañado, tampoco quiero verme rodeado de gente pobre.
No me malinterpreten: Procuro conocer los verdaderos problemas sociales. Pero no significa que quiera solucionarlos o que me preocupen o me provoque, snif, pena o dolor.
Respecto a los pobres, soy como explica una canción de NOFX: Let them be…Just dont get fuckin near me…
Snif.