
Nunca me había interesado de forma significativa un iPod. A decir verdad, todo lo de Apple… a pesar de que, según sus estándares, yo podría entrar en su cartera de clientes. Pero no es así. Tal vez porque, por ejemplo, para lo que hago, nunca he visto las Macintosh como algo útil en mi miserable vida. Son realmente bonitas, minimalistas, el sistema operativo es invulnerable, y en diseño y música no hay equipo quien les gane. Son casi perfectas… Pero seguramente, si me comprara hoy una macintosh, me pasaría horas diciendo: “Ash, no puedo tener este programa, ni este, ni este”.
Tratando de cerrar esta afirmación creo que, de todo lo que es Apple/Mac/iPod y demás universo blanco, nada me ha interesado, exceptuando tal vez los programas que usa BT para producir su música (que ni conozco… uh), pero creo que hasta ahí.
Es estúpidamente aberrante el nivel de lealtad que pueden alcanzar algunos de sus consumidores por Apple. Aunque, gracias a lo que me enseñaron en clases, puedo ver y, de alguna manera, comprender lo que llega a significar para el consumidor la marca. “Comprar productos X me hacen sentir especial”. Por qué comprar un producto de miles de pesos cuando los hay más baratos, con más capacidad y funcionalidad. ¿Por qué? Porque La Marca es una pauta a seguir, un estilo de vida, un querer ser. Y lo digo en afán de criticar, pero al hacer esto no olvido que también me critico yo, pues también tengo inclinación por algunas marcas y tener una vida wanna be.
Hasta este punto no he sido claro, pero a eso voy:
Hace unos meses participé en una encuesta de mercado en Internet donde además había que escribir un relato. Los mejores obtendrían diferentes premios. Ya había olvidado lo anterior… pero en la semana recibí un paquete. En él, venía una carta que, como el SPAM, decía: “¡Vos has sido ganador!”. Es bien padre cuando ganas algo. Pero…
El premio fue: un iPod Suffle de quinientos doce megabytes.
[Silencio].
Lo miré como extrañado… no muy convencido. Pensé en venderlo. Ví que su precio en Internet era de unos 500 pesos, así que me dije “no vale la pena” y mejor lo abrí. Al fin que me lo había ganado y ya por eso comenzó a ser significativo. Claro que no lo iba a vender. Leí el manual, y después de instalar el iTunes y washa washa, comencé a usarlo. Me fustró que para ponerle música tenías que usar el puto programa. Así que busqué en la Internet y encontré un programita EXE para colocarlo en el iPod, transferirle la música como si fuera disco extraíble (sin usar iTunes), ejecutar el EXE y listo.
Solucionado ese defecto, comencé a usarlo. Y me gustó. Me gustó que la batería se cargara conectándolo simplemente al USB, y me gustó más su tamaño y peso. Odio lo blanco minimalista de su diseño. Pero, finalmente, amo su funcionalidad.
Y ahora puedo decir,
que todo este pinche choro es para demostrarme a mí mismo cómo soy un facilote; sólo bastaba que me regalaran un producto de la marca para cambiar mi insulsa opinión.




(4 votos, calificación promedio: 4.50 de 5)









