
“You can’t see the forest for the trees.”
Viejo proverbio inglés.
Te digo que es fácil, le reiteré. ¿Fácil perderse en el metro?, preguntó. Sí, en éste sí, y también en la ciudad, le dije junto a la puerta del vagón en movimiento. Guardamos silencio mientras otro tren pasaba al lado nuestro y el ruido hacía imposible hablar. Pensé en lo raro que era decirlo así: “es fácil perderse”. ¿Por qué no decir: “es difícil encontrarse”? [Supongo que es por lo mismo por lo que, hace muchos años, cada que llamaba a casa de una novia que tenía, al preguntar por ella ("Buenas tardes, ¿se encuentra ____?"), recibía la misma respuesta ("Un momento, por favor... ¡_____, preguntan que si ya te encontraste!"). Me imagino que no tengo que decir que el chiste se hizo viejo muy rápido.]
¿Y por qué es fácil perderse?, preguntó ella. Yo la miré [profundamente, porque después de todo estábamos en el metro] y le conté de aquella vez en que, viajando solo por aquellas mismas entrañas de Londres, había decidido ir a ver el Big Ben, como todo buen recién llegado; así que desembarqué en la estación de Westminster y me fui siguiendo las indicaciones de salida que señalaban “Big Ben Exit”. Después de caminar bajo tierra unos buenos 10 minutos, por fin hallé la salida indicada y subí francamente emocionado. Sólo que al salir a la luz del día no vi nada, ni Big Ben, ni Parlamento, ni nada, sólo un puente sobre el Támesis y nada más. Volteé a mi izquierda, a mi derecha y para arriba, francamente asustado. Simplemente no había nada, nada. Estaba seguro de que uno de los monumentos más reconocibles del mundo se había esfumado sin dejar rastro.
En ese momento llegamos a la estación de transbordo (King’s Cross St. Pancras) e interrumpimos la conversación. Unos minutos después ella ya preguntaba qué le había pasado al enorme reloj. Pues para no hacer el cuento largo, le dije, resultó ser que la salida que indicaba “Big Ben Exit” era la que estaba exactamente debajo de la torre. No me di cuenta de dónde estaba hasta que logré cruzar la calle unos diez minutos después y, al voltear confundido, lo vi, enorme. ¿Y por qué tardaste tanto tiempo en cruzar la calle?, volvió a preguntar ella. Pues porque, le dije, aquí conducen del lado contrario y no quería que me atropellaran.
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Nótese: Este experimento, una ficción, es parte y fragmento de un ejercicio que estoy haciendo acerca de viajes, tentativamente titulado 20 viajes propios y ocho ajenos. ¿Gusta? ¿No? ¿Por qué? Se agradecen comentarios.