Archivo del 2 Noviembre, 2006

02
Nov

Destrucción

destruction

Ya pasaron más de tres semanas desde la explosión, y la escena sigue como en la noche de ese día…

¿Cuánto tiempo pasará para que se restablezca la zona?

Me gustaría haber puesto más atención a las clases de Física, pues ahora me inquieta eso de las ondas expansivas. Me inquieta también que en menos de tres segundos, esas ondas destruyan tanto, como más de mil metros cuadrados de vidrios del edificio en la izquierda, y la capacidad para volcar coches, arrancar árboles, y tirar señales de tránsito en cincuenta metros a la redonda. Me inquieta que se pudo hacer algo, pero no se hizo nada. Me inquieta que pudo haber gente dentro, pero afortunadamente no hubo muertes. Destrucción sin responsabilidad, pues esta situación se justifica con la frase “fue un accidente“.

Creo que eso es lo que más me inquieta…

Por favor cuídate, y cuida tu entorno.

02
Nov

2006-11-02

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Cien años de perdón, sí, claro.

02
Nov

Nuevo inquilino

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Me he comprado un cacto. Es chiquito y, desafortunadamente, muy picudo (esto ya lo comprobé “a la mala”). Aun no tiene nombre, pero la intención es que tenga uno eventualmente. Se reciben sugerencias, esta vez no se me ha ocurrido nada.

Esto de tener un cacto es como tener una patente de corso para ejercer una clase de irresponsabilidad botánica: requiere de poca agua cada 10 o 12 días y no mucho sol. Lo adoro.

Contrario a otro cacto de por aqu, ajem ajem, este no habla gracias a Tutatis. Si algún día lo llega a hacer lo boto de inmediato al carajo y asunto solucionado. =D

02
Nov

Mis tres muertes

El Popo

Este es el Popocatepetl visto desde un cerro situado en las orillas de Atlixco, Puebla. La foto la tomé hace poco desde un perímetro en donde estuve a punto de morir a los dos años de edad.

El 2 de noviembre es un buen día para escribir sobre la vida, cuando has tenido enfrente de tu nariz por tres ocasiones a la Muerte.

Aquella primera vez fue porque me sentaron sobre un caballo adulto y mancito, echado en el pasto, durante un fin de semana campirano. Negligencia, falta de experiencia, inconciencia… No sé, ni quiero sentarme a pensarlo. El caso fue que el equino no sintió mi peso sobre su lomo –o tal vez sintió “algo” que le provocaba comezón- y sin dudarlo decidió voltearse para rascarse. Obviamente el que iba a quedar como puré embarrado abajo iba a ser yo, de no ser por Don Honorato Crivelli, un campesino que conoce muy bien esto de comunicarse con el campo, su flora y su fauna; y por tanto, intuyó las intenciones del pobre animal. Según cuenta la leyenda, él saltó al rescate, como Hombre Araña, desde su tractor justo en el momento en que el caballo estaba a punto de aplastarme.

La segunda ocasión fue durante un viaje por carretera. Yo tenía tres años y pasábamos en mitad del desierto de Arizona; el sol de verano a todo lo que daba y el clima como el ombligo del Infierno. Por alguna razón que desconozco, el viaje se prolongó y se terminó el agua que la familia llevaba en la camioneta. Ahí mi muerte iba a ser por deshidratación. Cuentan que de no encontrar un poblado en el camino, ya estaban resignados a llevarme en calidad de cadáver. El milagro fue una reserva india en donde unos hombres se encargaron de hidratarme y traerme de regreso.

La tercera iba a ser una muerte común y cotidiana, aquí en la Ciudad de Miedo en el año 94, antes del famoso “error de diciembre”, cuando aún no venía la gran devaluación ni se disparaba la delincuencia. Esto del secuestro express no se conocía como tal pero el frío sepulcral de la pistola que me apuntó durante más de dos horas en la cabeza definitivamente es el mismo que han sentido los cientos -¿o ya serán miles?- de personas que han muerto de un tiro bajo las mismas circunstancias. La serenidad y la calma me ayudaron a cooperar y a no alterar el nervio de los tipos. “Te portaste muy bien. Ahora te vas a bajar del coche y vas a correr hacia atrás; si se te ocurre voltear te matamos”.

Dicen que la tercera es la vencida… ¿Qué irá a ocurrir la cuarta ocasión?

02
Nov

Taquiza y caguiza en el D.F.

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El señor Diputado y su distinguida señora esposa -o sea, mis jefes- nos llevaron a esta taquería, que más bien era un carrito robado de algún supermercado con unos tambos de plástico de esos para impermeabilizar casas, pero con guisados adentro, y un señor con mucha enjundia, buen sazón y harta imaginación para crear los tacos que vendía. Había de ensalada rusa con croqueta de atún, de milanesa empanizada, de huevo estrellado con frijoles envenenados, entre otras curiosidades.

Nomás pa´que vean la austeridad lopezobradoriana en la que vivimos y viajamos, snif. Eso sí, tragué más que el Chavo del 8 en un bufet de tortas de jamón. Pinches tacos costaban 7 pesos y eran de la tortilla “normal” o estándar, no de las tortillitas diminutas -tamaño pezón- que venden acá en Monterrey.
Pero en la noche… Ay, San Ano tonio de los Anicetos…

Llegamos al hotel y me metí corriendo al baño: fue como cagar un gato encabronado. El fundillo se me volteó como calcetín (volteen un calcetín, imaginando que es un intestino, y verán a los que me refiero). Horas más tarde terminó la tortura en mi ano y la Fabi quería entrar al baño. La verdad, pues me daba pena. Es que la Fabi ha vivido engañada todos estos años que tengo de conocerla: ella cree que yo cago bombones perfumados y meo loción Santos de Cartier; dejarla entrar al cuarto de baño haría que se diera cuenta de la humana y apestosa verdad. Y ni un cerillo traía para disimular el olor.

Total, la dejé entrar y le dije:

- ¿No huele feo, mi vida?

- No, mi cielo… pero, aaah, cómo me arden los ojos… -me dijo.