
Llevo 30 días de los 365 días.
2.30 de la tarde, de un domingo, entré al baño y pensé–. Sería bonito bañarme, ya que llevo como 15 días sin hacerlo. Asentí como quien ha tomado una dura decisión y abandoné la idea. Me senté en la computadora y pensé–. Sería bonito por fin escribir el siguiente capítulo de la nueva historia que estoy escribiendo. Asentí como quien ha decidido en qué pasar el domingo, sonriente, y me puse a jugar solitario “Corazones”. Sería bonito, pensé mientras movía la reina de diamantes debajo del rey de corazones para que hicieran porquerías, prender el messenger para platicar con mis amiguis y contarles unas historias bien gruexas… asentí como si de veras platicara por el messenger con mis cuates y me puse “No disponible”, con un mensaje que decía “Viendo tele”. Entonces mi estómago se dio cuenta que tenía hambre y mis pulmones dijeron–. Hey, hey, monóxido de carbono cabrón. Mi cerebro, pensando en ambas cosas, hizo como Homero Simpson cuando piensa en rosquillas y susurró–. Dopamina.
–Bueno –me dije–, debo tener cigarrillos en algún lugar.
No tenía.
–Ok, si me baño, me visto y todo, puedo salir a la tiendita a comprarme unos cigarros –asentí como quien ha tomado una dura decisión, fui a mi habitación y me puse unos jeans. Y ni siquiera la gorra de camionero, como las que suele llevar el huevo. Con ese mismo peinado que traigo en el espejo, disponía a abrir la puerta, cuando escuché que uno de mis tíos preguntó inocéntemente–. ¿Tenemos algo de desayunar?
Dopamina, insistió mi cerebro. Estómago y pulmones estaban jugando solitario de cartas. De haber estado en sus óptimas condiciones alguno de los tres, estoy seguro que hubieran impulsado a mi boca a decir algo como–. ¿Desayuno? No mames, son casi las tres de la tarde.
Me rasqué las nalgas confundido.
Fui a la cocina: huevos. Alcé las cejas y chasqueé los labios, como alguien a quien le hubieran jugado una broma cósmica. Pensé por un momento continuar el análisis discursivo de la dicotomía entre *huevos hay de desayunar* y *¿de desayunar? ¡ay, huevos!* No abrí el refrigerador, porque después de nueve días sin luz eléctrica, ese refrigerador había estado vacío. Tan sólo la semana pasada me había dedicado una hora y media en dejarlo oliendo bonito y reluciente, como nuevo. Daba la impresión, de alguna manera cósmica y alucinante, que desde que parecía nuevo, no había que comprar comida para ponerle adentro. Habíamos regresado al refrigerador a un estado de pureza y eso, para cuatro hombres solteros, parecía estar bien.
Me rasqué las nalgas confundido y grité–. No. No hay nada de desayunar más que huevos.
–¿Te doy dinero? –gritó alguno, el otro estaba dormido y mi hermano, no sé qué chingados hacía en los foros de 4chan.
Esta es la parte, pensé, dónde debería despabilarme, aprovechar para bañarme, vestirme, oler bonito e ir como una musa al super mercado, para que alguna nena se inspire con la profundidad de mis ojos y ella, cinco años después, encerrada en un motel con un novio que consume crack, escriba una canción usando un papel de baño dónde horas antes había paseado una cucaracha. Esa canción se llamará–. Los ojos reflexivos de aquel hombre guapo, que vi una vez en el Aurrerá.
Dopamina, dije involuntariamente, en voz alta.
–Si, dame dinero. Ahorita nos compro algo de desayunar –que pinchi insistencia–. Y regálame un cigarro.
Mi tío me regaló un cigarro y no fue hasta que me entró un pinche frío asqueroso, que me di cuenta que ni playera me había puesto.