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Los monstruos nunca son bonitos, pero tienen su encanto cuando te haces amigo de ellos. Si no me creen, vean la película de Monsters Inc y verán a lo que me refiero.
Neta, no es broma: esa película es la mera neta. Dejen de leer al aburrido de Coelho y vean más películas cursis y mamonas de Disney. A veces tapan el cerebro, pero a veces lo destapan.

Las ciudades crecen de manera voraz y monstruosa, y los humanos se reproducen de manera aún más monstruosa. Si no, pregúntenle a Enrique Iglesias: su papá –Julio Iglesias- es el único humano que usa sweater en la playa. Díganme si eso no es estar malito de la chompa.

Vivimos en una maqueta pinche y arreglada minuciosamente en la que cualquier corazón noble, libre y puro se cagaría en los calcetines al ver esa voracidad manipulada que existe en las grandes sociedades. Por eso: los nobles somos carne de cañón. Somos pendejos, pa´que me entiendan.

He ahí mi aversión por las ciudades grandes, su gente, sus corporaciones y el desorden espiritual y vial que predomina en ellas. Aunque no he de negar que –desgraciadamente- tienen su encanto escondido, las putas desgraciadas. Siento repulsión por ellas porque trato –sin éxito- de mantener vivo ese sentimiento de asombro sin caer en el horror de saber que ya todo está perdido. Porque en una ciudad inmensa, uno se hace pequeño como en la, ay, canción de Lucha de Gigantes…