
Me han preguntado – casi a guisa de reproche – por que Chango #100 dejó de chingar a tanta gente. Me han cuestionado el porqué de mi aparente apatía, y sobre todo, por que mi blog dejó de provocar “polémicas” y “escandalos”.
Especialmente cuando hay tanta gente haciendo fila para ser vapuleada y ridiculizada en público, o inumerables temas escabrosos para escandalizar a un país lleno de tabúes.
Y bueno, creo que después de tanto tiempo, puedo llegar plenamente a dos justificaciones, pequeñas y erosionadas, que me mantienen al margen de tanta pantomima y lucha de ring electrónico.
No, no me atrevería a rockstarearme y decir que “aaaay, tengo muuucho trabaaaajo, y soooy un hombre negocios, ocupadísimo, y YOOOOO si tengo VIIIIIDAAAA”, et patatín y et patatán.
Tengo, si, un puto trabajo demandante, tan podrido en su horario y sus labores, que si me resta tiempo, me gusta dedicarlo a rascarme el ombligo en compañia de Karla y León Felipe. Por supuesto, me resta tiempo para escribir, pero seamos sinceros ¿quien piensa en escribir diatribas y pendejadas cuando la dulce contemplación de un sillón y la gente que te ama te quita todo deseo de encabronarte?
Y es que encabronarte es un oficio. Y no me gusta tener dos trabajos.
Por eso, una de las dos razones es que, a partir de hoy, me declaro Foucaultiano. Y no por que me vaya hacer homosexual y comience a visitar baños públicos para luego morir de Sida como el filósofo francés en marras. En realidad ahora comprendo que la estupidez social, sus incapacidades, sus odios y sus imposibilidades, también son “otra” posibilidad humana.
No, no es tolerancia. No me he convertido en un hombre tolerante. La tolerancia es un acto de condescendencia. Lo mio es una apreciación de las multiples posibilidades que tiene el hombre para crear su historia, para atravezarla, aun cuando en ello se le vayan las tripas y la vida entera.
Esos genios bienaventurados, esos idealistas con soluciones de bolsillo, aquellos ideólogos emancipadores de la humanidad no son para mi mejores que los criminales, los estúpidos, los ciegos, el ignorante, el arrogante y la escoria culpable de, ay, tanto sufrimiento.
Para mi, sus discursos tienen – o más bien carecen – el mismo valor. Son etimologias, fundamentos, escaleras, tonalidades, otredades. Imposible caer en maniqueismos, en binomios. Las posibilidades para salvar al mundo son tan vastas como las posibilidades para destruirlo. E incluso así, es difícil distinguir muchas veces las unas de las otras. Enmedio de este galimatias cognitivo, la pregunta es ¿vale la pena enemistarse con algo que, por fortuna, carece de significado, en este caso, la humanidad?
La estupidez y la ignorancia me provocan la misma ternura que la intrepidez y la inteligencia. Me enternece igual una idiota cuyo sueño es vestirse como shakira como aquel chamaco arrogante y bien leido que pretende marearme con aristas políticas e hilos negros mundiales.
Y no, no confundan: Jamás me atrevería a decir que ambos son iguales. Por ello es inútil debatir y odiar: La diferencia entre cada individuo transformaría cualquier guerra u odio contra la humanidad en un acto ridículo e inconmensurable.
Por ello, he decidido entender – no tolerar o intolerar – el ego desmedido de Omegar, por ejemplo. He decidido entender sin chistar las pretenciones consumistas de Mozzy al mostrarle al público su nuevo Ipod, y ciertamente comprendo la intolerancia de Huevo hacia la gente estúpida. No pienso discutir con nadie al respecto.
Por lo anterior, señores, he decidido dejar de chingar a la gente…
Y la segunda razón, más sencilla, es la siguiente: Me da MUCHISIMA HUEVA. Escribir diatribas e insultos a otros se volvió en algo tan sencillo, tan calculado e inmediato, que le perdí el encanto.
En fin. En la foto: La gente que adoro, posando en la inmensa diversidad que representan: Mis hermanas, mi hermano Luis, mi hijo León Felipe, y Karla, mi pareja adorada.




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