Quiero dedicarle este post y esta foto a todas las tropas de la coalición estacionadas en Irak que siguen con emoción este blog. ¡Buena suerte, muchachos!
La verdad es que intento tener las palabras para comentar y/o escribir pero nada que salen, ni siquiera puedo decir cuán nostálgico/triste etc estoy ni los planes ni lo feliz ni nada por el estilo simplemente estoy como en letargo. Necesito tiempo para ordenarme y sanarme, es todo.
Hace como 10 años que no agarraba un micrófono de cantantes. Francamente había jurado no hacerlo nunca más en la vida, pero cuando alguien te inspira a retomar un instrumento que, en mi caso, demanda un respeto y una responsabilidad muy alta, sabe sabroso.
Confieso que durante los primeros minutos de la sesión me tembló hasta el dedo chiquito del pie izquierdo; sin embargo el reencuentro fue interesante.
La rola se llama El Cementerio De Mis Sueños y es un trabajo en progreso para un proyecto muy inspirado y personal. Quise poner aquí la versión sin música porque, la neta, me gusté mucho haciéndome voces al unísono y coros. De armonías, segundas y terceras voces no sé ni madres; pero cuando lo haces desde las venas del corazón por alguien y para alguien, creo que sale lindo.
Octubre está por terminarse, se vienen todos los festejos en tropel. Antier fue cumpleaños de Edith y el año entra en su noche, en su fase final, donde todo es celebración. Más cumpleaños, fiestas de fin de año, el puente “Día de Muertos-Día de Reyes”. Y yo, como buen Grinch, me empiezo a poner de malas porque siento que la arena del reloj se me escapa de las manos y no puedo, por supuesto, asirla. Siempre el tiempo transcurre igual, siempre discurre, siempre se escapa y sin embargo es en estas horas, en estas épocas, en las que lo resiento.
Pero si el año es un día, ahora mismo lo siento así, con el sol poniéndose, y justo a esta hora, desde el piso 12 en el que estoy, las montañas del poniente chilango se visten de rojo.
Mañana 25 de octubre cumplo 30 años. Contrario a todas mis predicciones de niño, no soy ese viejo gordo, barbón, casado y con hijos que llega exhausto a su casa por la chinga que se metió en el trabajo para poder darles de tragar de vestir y de estudiar a su familia. Al contrario: soy un jovenzuelo apuesto que no apuesta ni a las canicas.
A mí estas mamadas de cumplir años y cambiar de década y quesque pasar a otra etapa y otro nivel y no sé qué más, se me hacen eso: mamadas. Yo no soy de los que “aaayyy, ya tengo 30 años, no mames, qué ruco estoy, no he hecho nada de mi vida, megasnif”. Pffff, me vale madre. Al contrario: ser joven se me hace que es sinónimo de ser pendejo.
Yo no reflexiono ni analizo sobre mi vida. Me caga. No me pongo a hacer un recuento de lo que he hecho en estos 30 años, de mis éxitos o mis fracasos; tampoco me pongo a pensar si logré lo que quería, si logré mis metas y mis objetivos; no lo hago sencillamente porque no me trazo ni metas ni objetivos. Tampoco reflexiono en cómo me quiero ver en 5 o 10 años. Vivo, respondería si me hicieran esa pregunta: me quiero ver vivo y feliz.
A mis 30 años soy lo que quiero ser y sé bien qué es lo que quiero tener, por eso sigo haciendo lo que me gusta todos los días y tengo una relación estable con la persona que siento es la adecuada para mí en todos los aspectos y me llena. Y sí, la vida da muchas vueltas y bla bla bla, y ahorita estamos aquí y luego estamos allá; pero pues lo que importa es el hoy. Apuesto a que toda esa gente que dice que vive el presente y que hay que vivir la vida al máximo son los que menos la viven así.
Uy, y no es que yo sea adrenalina pura o un vividor de vidas al extremo y de esos que viven al máximo como si fuera el último día. No, nada de eso; simplemente creo vivir la vida al máximo porque disfruto el presente haciendo lo que hago. Vaya: trato de ser coherente con lo que pienso, siento y actúo.
Lo único que puedo reflexionar, y que es lo que quiero dejarles como el aprendizaje de estas tres décadas de vida, es que: Si yo fuera un frente frío; haría un frío de la chingada.