
En este momento no tengo fotografía que pueda expresar lo que voy a escribir.
Trabajo con cuatro chilangos. Tres de ellos en ventas y uno más es el gerente de la sucursal. Si bien este último ni los otros son mis jefes, es suficiente para tener interacción con ellos. Con el paso de los meses, he aprendido algo: El chilango fuera del Distrito Federal es una criatura despreciable.
Y también he comprendido otra cosa, quizá la más triste de todas: Soy quizá el único defeño que desprecia a los chilangos que viven en Tijuana.
Pero seamos ecuánimes. Tengo menos de media docena de grandes amigos chilangos. Incluyo, claro, únicamente a Armando Sámano, Alfonso Morcillo, Sergio (search), y algún par de mozalbetes por ahí. Todos ellos me parecen personas entrañables y honorables, y su chilanguez es convalidable dentro de los límites geográficos de la Ciudad de México.
El chilango es jactancioso, pretencioso y absurdamente ambicioso. Conozco chilaquiles que ambicionan estupideces tan ridículas, que no comprendo por que organiza grescas y conspiraciones para obtenerlas. Son competitivamente envidiosos. Incapaces de aceptar el status quo del otro por considerarlo nocivo, injusto o desmesurado.
Los culturosos más detestables, por supuesto, los he hallado en la Ciudad de México. Ahí esta Omegar que no me deja mentir. El Chilango empresarial, el yuppie, es virtuosamente culero, y su única ambición es escalar en el catálogo de clases sociales. Además, debo agregar que no hay chilango menos culto que tú, pobre provinciano de tres pesos. Todos ellos han de tener un acervo útil para acomodar tu ignorancia en tus fauces, previa monserga insufrible sobre los pormenores de su método de conocimiento y los caminos que atravezó para llegar a ser un hombre sabio, reconocido y acertado.
Todas las virtudes anteriores son plausibles dentro del bacanal egomaniaco que ellos llaman Ciudad de México. Solo el ego desmesurado del chilango puede sostener ese basurero hermoso y arqueológico. Solo un ego tremendamente inflamado puede salvar a un individuo de la otredad afásica, de la nada impersonal que representan 20 millones de habitantes.
Entre tanto hijo de puta, el yo se diluye, y solo un ego inflamado ha permitido la vida inveterada de la Ciudad de México.
Por eso, a todos mis grandes amigos chilangos los adoro mientras la jaula sea su ciudad. Tolero sus inevitables desplantes de egomanía y autosuficiencia, e incluso me uno a sus felicidades y todo aquello que les es útil para inflar sus egos y sus felicidades. Los quiero, y como tal, como visitante de su zoologico, he decidido apreciarlos así, de tal manera.
(Ello no incluye, sin embargo, que deba tolerar a las chilangas, famosas por jactarse de una belleza escuálida o inexistente y utilizar técnicas de desprecio absurdas e inexplicables).
Sin embargo, ahora creo que mientras no los tenga que tolerar aqui en Tijuana, no tengo ningún problema con chilango alguno. Pena extra, sin embargo, he de convivir con ellos en mi trabajo y, peor aun, en el área donde vivo, Playas de Tijuana, que ha sido escogida por la chilanguiza para regentear sus pretenciones irrisorias de clase y su pateticidad adquisitiva.
Conozco chilangos soñados por poder cruzar a San Diego a comprar sus chingaderitas, y la mayoría de ellos conoce San Diego como alguna vez conocieron Iztapalacra, Ecatepunk o cualquiera de sus delegaciones defeñas.
Muchos de ellos cruzan, incluso, a San Diego, a emborracharse en bares gringos. Lo cual me sorprende aun más, por que si he recibido acusaciones de malinchismo y falta de nacionalismo, han sido de chilangos recalcitrantes.
Son ellos los que acusan a los tijuanenses de no amar al país, de consumir productos norteamericanos, de cruzar a Estados Unidos a trabajar diariamente, y son precisamente ellos los que cruzan a comprar garrita barata en los outlets, a emborracharse en bares ridículos y sobrevaluados o a pasear sus pretenciones clasemedieras por las calles sandieguinas. Para el tijuanense promedio, cruzar a San Diego no es cuestión de estatus económico, sino de vil costumbre, de acto rutinario. No hay glamour en ello. Pobres de los recién llegados. Si en cruzar una aburrida y letárgica hallan la respuesta a sus insuficiencias personales, creo entonces que tienen una enorme posibilidad de ser más felices que el tijuanense promedio.
En fin.
En la foto: Posando frente al Angel de la Independencia. Una foto turística de rigor, lo sé, pero bueno, siempre me he sentido como un turista en la ciudad que me vio nacer.








