
Y ahora en la bonita y gustada sección “me encuentro un letrero cagado en la calle y lo hago post” (en este caso sería un letrero mión, pero aplica igual) tenemos esta joya sita en el estacionamiento del edificio donde trabajo.
En el ya lejano 2003, a mediados, vía un blog hoy extinto (o transmutado) tuve la suerte de encontrarme con el blog de mi carnal Manuel Lomelí. Era un blog exageradamente verborreico, con un diseño más pinche aún que la cara de mi carnal (que si lo han visto aquí en Big Blogger es feo con F de foco fundido de funeral fabricado en Francia) y sin embargo, entre tanto palabrería y diseño tercermundista, su acomodo de palabras brillaba de manera especial. Recuerdo incluso la ternura de sus primeros posts, donde hablaba de Kundera y de política, de Bush y de alguna que otra mamada.
Surgió, de repente, gracias a una ocurrencia de su hermano y a una desafortunada asociación de ideas, la Iglesia Batiana. Si quieren saber la historia y tienen tiempo y gana, consulten primero la versión Chango y luego la versión Beam. Sin darme cuenta, ya estaba yo asociado con un grupo que muchos identificaban como pandilleros virtuales y que en lo personal siempre me pareció entrañable, desenfadado, mordelón y algo camaleónico.
Y como bien dice el sabio letrero referido, si quiere usted demostrar su cultura, no se orine aquí. Mi propia percepción del batianismo está basada en una simplificación extrema: La cultura no te hace superior. La palabra “cultura” como asociación social está sobrevalorada y es tan mala como cualquier fanatismo (religioso, político) y peor, quizá, porque la cultura debería implicar una asociación con el razonamiento. La crítica fundamental es la desacralización del quehacer cultural como actividad humana. El arte se crea y al quedar terminado adquiere vida y dimensión propia y el creador debería, debiese, hacerse a un lado y dejar sola su obra. Los trabajadores de la cultura acostumbran, sin embargo, esgrimir sus creaciones como parte de sí mismos y suelen aprovecharlas para detentar algún tipo (o varios) de superioridad.
En el fondo de esta idea está mi personal intento de suprimir el juicio, problema que me ha tenido ocupado y, sí, obsesionado, los últimos 10 años. En la Iglesia Batiana encontré un magnífico reflejo del absurdo de cómo algo que parece tan inocente como decirle a una persona que se orina en el estacionamiento que no tiene “cultura” era en realidad un juicio denostativo que no tiene valor ni sustento. Las “batallas batianas” siempre me parecieron divertidas y accesorias, en el fondo siempre he buscado elementos que destruyan varias medidas de juicio y las batallas eran una buena forma de lograrlo, mediante reducciones al absurdo hasta la náusea.
(En la foto, una curiosa y extrañísima asociación: “La Estación Tijuana”, se refiere a la calle por donde se entra al estacionamiento)