
Siempre que pienso en excesos, en su espiral y en todo lo que sea placeres y estímulos recuerdo la canción de Tool, Stinkfist.
Y entonces deseo no haber experimentado nada, o mejor aun, no haberlo experimentado de más. Lo tan célebremente extremo, la sensación llevada a su paroxismo, donde lo único que resta es la muerte o el aturdimiento, termina por dilatar nuestras fronteras y empezamos a demandar más, a exigir algo que satisfaga nuestros nuevos umbrales del placer.
¿Qué es una persona que lo ha experimentado todo? O peor aun, ¿que es aquella persona que lo experimenta todo de forma extrema, excesiva?
Preveo un síncope de aburrición. Un ser humano convertido en un cataplasma de carne sin estímulo suficiente.
Por eso siento pena ajena por aquellos que se jactan de experimentarlo todo hasta el extremo. El extremo aturde. Lo paradójico de sentir es que terminamos volviendonos insensibles.
Cambiaría muchas de mis experiencias y recuerdos por sentir de nuevo, aunque sea una única y sola vez, la excitación y la emoción que me provocaba la excitación sexual a los catorce años.
Sin embargo, la tendencia actual es recorrer el extremo; igual que la canción de Tool, nada parece ser suficiente, nada parece satisfacerlos y necesitan más, para saberse vivos, para respirar y para sentir…
Y de nuevo, ignoran que la constante sobrestimulación termina por aturdir. Demasiada vida, también, puede ser dañino para la vida misma.
(Arriba, en la foto, Semidios, Daniela, Jorge Morales y yo, hasta los codos de borrachos y en estado lamentable en el celebremente infame Zacazonapan Bar and Grill, snif).