
Este país carece de historia. No hay tal. La historia implica aprendizaje, discernimiento. No eterno retorno. Cuando alguien intenta deslumbrarme con el anecdotario cronológico de este muladar de nación, solo puedo pensar en folklore.
El folklore es historia pavloviana. Historia incuestionable transformada en condicionamiento clásico. Basta la cercanía de una fecha, el rostro de un heroe o antiheroe y la algarabía y la parafernalia para inflarnos de sentimientos nacionalistas, para recordar fechas perdidas y hechos notables.
Siempre he creido que la historia, ese resumen dialectico de actos, consecuencias y direcciones, forma parte de una conciencia ínfima. Aquellos que controlan el discurso histórico son los verdaderos dueños de un país ¿Quien controla el nuestro? (Es una pregunta retórica).
Cuando pienso en fechas y personajes célebres y fiestas nacionales en este país, no puedo más que imaginar a una jovencita recien violada, que intenta olvidar el dolor de la ofensa, y pretende vestirse todavía de blanco para construir una felicidad forzada, edificada en la negación emocional y psicológica.
Seamos francos: No hay absolutamente nada glorioso en nuestro pasado. Si así lo fuera, si el pasado que tanto celebramos fuese digno de celebrarse, nuestro presente fuera aun más plausible, y no lo es. Recordemos siempre que nuestro hoy es el triunfo o el fracaso de nuestro ayer.
Asi que, por favor, métanse todos por el culo cualquier nacionalismo. El día que este cuchitril risible de país pueda darle de trabajar a todos sus jovenes y de tragar a todos sus niños pensaré - y solo un poco - en aplaudirle a todos esos cadaveres en descomposición llamados próceres de la patria.
Snif.
(En la imagen, yo en un mercado clásico de Tijuana: El mercado del popo. Venden dulces, quesos, porquería y media, pociones para amarres, y mierda parecida. El lugar me recordó el folklore usual, anacrónico y vacio de este país).