
Hoy tomé esta foto mientras hacía una hora en el trayecto del trabajo a mi casa, todo por la lluvia. Debo aclarar que hacer ese trayecto me toma entre 12 y 16 minutos generalmente (los días que no llueve).
Los vocho-taxis de la ciudad de México siempre me han parecido como una especie de cucaracha posmoderna que sobrevivirá al holocausto cuando todo el valle de México por fin se vaya a la mierda, ya sea porque el lago decida volver a donde estaba después de muchísima lluvia, o porque, en otro giro acuático del destino, se acabe el agua y todos nos tengamos que ir, o cuando los unos a los otros nos inundemos de odio y desesperación, o, más probable, el día que haya tanto tráfico que empiecen a cobrar el impuesto predial en el Viaducto (por uso de suelo habitacional).
Estos imprácticos taxis que acomodan a muy pocos y dejan mucho que desear como taxis, en realidad, diseñados antes de la Segunda Guerra Mundial, ya descontinuados por su fabricante…
Estos taxis cuya, casi, única función, es recordarte irremediablemente dónde estás cuando vas muy distraido y que también son útiles para apantallar a alguna turista europea o gringa que sólo los ha visto en películas o en salones de exhibición, y para la que son símbolo de riqueza y no de aglutinación.
Este taxi patriota, además de fotogénico y mojado, traía dos banderitas de México. Mexicanos al grito de guerra, a menos que haya mucho tráfico, claro.












