
¿Estarías dispuesto a casarte con la convicción de no tener sexo con tu mujer para que permanezca por siempre virgen? ¿Renunciarías a tus empresas y capital para convertirte en limosnero? ¿Te gustaría que después de muerto tu cuerpo siga cálido y sangrando hasta convertirse en una pieza incorrupta?
Esto le ocurrió a Sebastián de Aparicio, un Beato que lleva más de 200 años haciendo fila para ser santificado.
Algún susurro necrófilo me llevó al recinto franciscano de Puebla a tomarle una fotografía a este hombre que, según dicen, nunca conoció los placeres de la carne. Enviudó dos veces y sus mujeres se fueron derechito y con visa automática al Cielo con todo y sello de garantía.
Delicadamente yacente, el cuerpo de este hombre es exhibido en una urna de cristal y plata. Te puedes acercar sin problema alguno, acariciar el vidrio, besar la platita y tener un orgasmo religioso; luego, pasar a escribir tus peticiones en una libreta y, si es el caso, llamar a un número telefónico que aparece bajo un letrero que dice: “Para reportar un milagro, llame urgentemente a…”
Parece que en un momento de la historia no fue suficiente el morboso misticismo de ver la imagen de Jesús casi en pelotas, torturado y moribundo en la cruz; sino que decidieron levantar raiting con un cadáver con el que puedes convivir cara a cara, sin bronca alguna.
Eso sí, te advierten, NO FLASH. ¡Al fin que ni lo necesité!
Cuando estuve ahí enfrente pensé, “¿Si dejo de coger podré aspirar al menos a una camita así de caríííísima?”.








