
Siempre me ha parecido ridículo el respeto ceremonial de este país estúpido por sus intelectuales y escritores.
Es el tipo de respeto inútil, pendejo, parsimonioso, reverencial y pomposo que le rinden, por ejemplo, las naciones democráticas a sus reyes. Son figuras gastadas, tradicionales, que sirven para nada y que la gente necesita tener ahí para poder tener sueños.
De ahí surgen los estereotipos, ergo, los escritores e intelectuales son reverenciados de forma inexplicable, de otra forma, que alguien me responda ¿Que vuelve las opiniones de un pendejín sobreinstruido motivo de inclinación y respeto?
En realidad, el valor de los intelectuales, la literatura, los escritores y los artistas, es un valor simbólico tan cursi y dogmático como el que le profesan los católicos a la cruz. Es irónico, sin embargo, que una “profesión” como las anteriores represente precisamente aquello que debería derribar: íconos.
El viejito de la foto es Fernando Vallejo, quien no es otro que el autor de La rambla paralela, El Desbarrancadero y La Virgen de los Sicarios, esta última llevada al cine por el director Barbet Schroeder. Se trata de un viejito de corte nihilista, medio dramático, parrandero y homosexual. Si fuera únicamente nihilista y homosexual sería feliz, estoy seguro, pero le dio además por ser escritor.
Ese día fueron a la presentación de su libro, “Mi hermano el Alcalde”, una bandada significativa de culturosos locales. Al término de la conferencia, firmas y demás, se acercaron una runfla de mentecatos a realizarle preguntas con voz engolada, utilizando adjetivos como “maestro”, “señor Vallejo”, bla bla bla, todas rellenas de un toque académico y escolastico.
Yo recuerdo haberle preguntado un tecnicismo; nada relevante. Sin embargo, caí en cuenta de la huevonada que nos rodeaba y le dije: “Oye, Vallejo, ¿una foto, no?” El ruco asintió, y sin más, le puse cuernos y el procedió a hacer lo mismo.
Por supuesto, no fue lo anterior lo relevante, sino la actitud que tomaron los culturosos que le rodeaban. Recuerdo a unas culturosa - las hermanitas Arreola - suspirar y menear la cabeza con reprobación, y no olvidó la jeta de otros dos tipos que minutos antes le habían besado las manos al ruco.
Pobres. Por eso siempre creeré que los culturosos, y todos esos adoradores del arte y la intelectualidad debieron nacer en tiempos feudales y monárquicos; hubieran sido excelentes putas y putitos de los nobles, tan inútiles y glamourosos como el apéndice en el extremo de nuestros intestinos.






