
Contemplar esta imagen me hace recordar a Mauricio, Paco y Bobo. Los tres fueron amigos en la preparatoria y los tres se convirtieron en cristianoides después de orinar sus existencias haciéndose adictos al cristal (metanfetaminas inhaladas).
Siempre sucede así. Pobres imbéciles. Echar a perder la vida a dos tiempos: convertido en drogadicto y luego en cristianoide. Contemplar la imagen me ayuda a recordar lo que no fui. Todas esas ligeras decisiones en mi libre albedrío, esas minúsculas diferencias entre optar por aquí y no por allá.
Mauricio no aparece en la fotografía. La última vez que lo vi fue en el Hospital General de Tijuana y apenas y me reconoció. Lucia famélico y me dio asco saludarlo. Yo iba acompañado de una amiga estudiante de medicina, y el tipo intento marearnos con su palabrería esperanzadora y cristiana; cristo salvó y cambió mi vida, Lomelí, me decía. Yo sé que no crees en dios, Lomelí, pero mírame: Estuviera muerto de no haberlo recibido en mi corazón, nos explicó.
Ahí, en esa disyuntiva, dios desaparece. Si bien yo no he recibido cosa alguna en mi corazón, además de triglicéridos y colesterol, aun me mantengo en vilo, vivo, y surge la pregunta, a quien debo agradecerle, entonces?
Gracias a Mauricio, dios desaparece de mis agradecimientos. Si dios existe y puede ayudarnos a justificar nuestras existencias, entonces dios es una mirada en retrospectiva, un acto de memoria, una remembranza burda que nos ayuda a suspirar de alivio por los actos que hicimos o dejamos de hacer.
Mauricio, pues, debería dar gracias al cristal por haberlo acercado a dios y no a este por haberlo alejado de las drogas…
Yo quiero agradecer únicamente a los que me acompañan en la fotografía, y a Dungeons and Dragons por haberme quitado tiempo para fumar cristal o juntarme con idiotas.
(Por cierto, en la imagen, de 16 años y de izquierda a derecha estamos: Adrián, Grossman, Ayon, Colosio, Cachu, Armando y yo. Eran gloriosos aquellos días de D&D y platicas filosóficas de banqueta).