
Tomé la bicicleta, y comencé a pedalear. Pasados unos treinta minutos, terminaron los ruidos de automóviles, las campanadas de la iglesia, y la música en la calle.
Sólo el ruido del pedaleo, el viento, y uno que otro parajillo se escuchaban en mi travesía.
Llegué a la cima del cerro. Me bajé de la bici, y caminé con ella a mi lado.
Me detuve.
El progreso ya estaba ahí, a lo lejos… Se abría paso lenta, pero definitivamente.
Había llegado antes que yo.



(Sin calificaciones)



