Treinta horas de viaje pretendían vencerme, así también, demoras en aeropuertos, mala comida, poco dinero, pero no lo lograron. Sin embargo… en mi ventanilla del tren veía alejarme de la ciudad que por dos semanas fue testigo de nuestras aventuras, en el vuelo de regreso veía como el sol iba saliendo; para tí sería ya la tarde… y hoy en la mañana que regreso a casa me encuentro con mi vida como había estado acostumbrado, pero aún no me acostumbro a estar sin tí.
Fueron dos semanas en que jugamos a vivir como “adultos” con nuestras rutinas compartidas y a vivir nuestra vida juntos.
…y así, el tren partió para escuchar un “hasta pronto”…





