Hacía varios años que no iba a Arroyo. De hecho, la última vez que fui, eran los últimos meses del 2001.
Como bien saben, en ese año trabajaba como locutor en una estación que se llamaba W-Radical (que luego se volvió a llamar WFM y que después se convirtió en la infame W-Radio). Bueno… trabajar como locutor es demasiado decir; más bien era un universitario que adoraba la radio pero no sabía mucho más acerca de cómo hacer radio *de verdad*. Mi jefa, una cuasi-leyenda de la radio en México, se desesperaba conmigo y mis compañeritos que teníamos más iniciativa y ganas de aprender, que conocimiento del negocio de la radio.
Dicho esto, no era nada raro que nos regañaran, gritonearan y castigaran un día sí y el otro también. Ya sabíamos que cuando la asistente de La Jefa™ nos decía “que suban con Charo”, la cosa terminaría con lágrimas y varios heridos, por no hablar de castigos como no salir al aire durante días. Así es esto del showbusiness…
Creo que fue después de la cobertura del 9/11, es más, creo que fue por algún error garrafal en la cobertura del 9/11 que Charo, nuestra jefa, nos mandó llamar a su oficina. Y pues ahí vamos todos, con la cola entre las patas y esperando lo peor; una de las locutoras ya iba hasta con kleenex. Su oficina (como buena oficina de ejecutivo de Televisa), estaba alejada del barullo diario de la estación, tenías que subir un piso y contaba con una sala de juntas anexa que también fue testigo de muchas anécdotas.
Charo, en efecto, estaba súper enojada por algún asunto. Sin embargo volteó con el que en ese momento era el Gerente de la estación (y que en otros tiempos había tenido el apodo de El Chícharo porque para todo era ‘chí, charo’, ‘chí charo, lo que tú digas’, ‘chí charo, ahorita se hace’) y le dijo muy decidida: “creo que hace falta mayor unión en este equipo… prepara todo para irnos a Arroyo el próximo viernes”. Nosotros, obvio, no teníamos idea de lo que estaba hablando.
Ese viernes los turnos se suspendieron desde el medio día y nos largamos, como si fuera field trip, a Arroyo. Lo primero con lo que nos recibieron fue con un caballito de tequila que teníamos que tomar de Hidalgo® (es decir, de un sólo trago). El resto, debo ser sincero, resulta borroso para mí. Entre flashazos, recuerdo la realización de un concurso de quién traía los mejores boxers ante la mirada escandalizada del resto de las mesas; el concurso lo ganó la tanga de una compañera próxima a casarse que fue acosada después de la comida por el hermano menor de La Jefa™.
El Arroyo fue, como se pueden imaginar, el punto de partida de muchas historias. Y por supuesto que cumplió su objetivo de darle cohesión al grupo… ya ven, los beneficios del alcohol como lubricante social. Yo nomás me acuerdo de ver las banderitas del techo y pensar que jamás habría imaginado esto como parte del trabajo en una estación de radio. Ja! Y lo que faltaba!






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