
Todos los atardeceres es lo mismo, una rutina de vaivenes y llenos de alguien desconocido pintando el cielo para volverlo a colorear unos segundos después.
Son 15 minutos en donde el espectáculo es asombroso y las nubes se regocijan de tanto color. Son unos cuantos minutos en donde los azules se van tornando púrpuras, rosas, rojos… hasta que en cierto momento dejan de existir.
Y mueren los 15 minutos más perfectos del día enmedio de la azarosa ignorancia de todos.

Ahora resulta, que Mario Romero trabaja conmigo. Es uno de mis mejores amigos. Nos conocemos desde hace unos cuatro o cinco años. Él, Jorge Carrillo y yo, solíamos ir por molletes de VIP’s a las 6 ó 7 de la mañana y platicábamos unas dos o tres horas. Bebíamos café tras café, nos temblaba el pulso y se nos acababan los cigarrillos. Eran buenos tiempos.
Mario es un diseñador gráfico, un maestro del 3dmax, hace unas cosas bellísimas en Flash y es un ateo consumado. Sabe de todo un poco y sobre todas las cosas, lo poco que sabe lo acomoda en una conversación de tal manera, que sus argumentos no sean rebatibles. Yo me rendí hace mucho tiempo a discutarle, sin embargo, me ha ayudado a afinar mi sarcasmo natural. Para eso son los buenos amigos.
Creo que ahora que Mario trabaja conmigo, será difícil no sonreír al menos una vez al día.
Por cierto, ¡Mario cree en Dios y pronto tendrá un blog! (Escalofríos)