Como buen niñodonte mimado, citadino, antipático y/o antisocial, no sé nadar (y tampoco andar en bicicleta, ajem, pero ese es tema para otro post (y otra foto, claro está) y de la lista de adjetivos anteriores, pueden elegir los que más les agraden).
Todavía me acuerdo de aquella vez en que me dijeron que no tuve infancia. Bue, no es mi culpa, prefería los libros, el ajedrez y otras cosas. Ah si, y también jugaba con mis monos de He-Man, ya… ya, bueno, a lo que iba. Me desvié del tema.
Para formar parte de la familia G, era requisito que me aventaran a la alberca. Dije: “Este, si, yo me aviento con mucho gusto… pero este, no sé nadar, JI JI”. Ah, pero eso no fue ninguna excusa… así que en vez de aventarme, permitieron que me metiera como toda una señorita temerosa del agua.
Y ahí, empezaron mis clases de nado con mi amorcito precioso (Oh si, ¡cursi! ¡Y qué!). De repente no sé como le hacía, pero me hacía flotar. Ohhhh, el poder del amor… estaba pero flotando de lo lindo en el agua…
Eso no fue hasta que, como se ve en la foto, estaba chillando porque no me alejaran del borde. “¡NO! ¡NO! ¡No me sueltes! ¡No me dejes soltar el borde! NooOOoooOooOOoOoooo!”.
Sobreviví para contarla.
















